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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

EL TRIÁNGULO

Ángela Labordeta

La paradoja de pasar frío en verano y calor en invierno

Vivir siempre en el presente ante un futuro que desconocemos y un pasado que, aunque hacemos por recordar, ya no lo tenemos, es quizá el mayor error que como sociedad hemos cometido y si bien las voces que desde hace décadas comenzaron a hablar de ecologismo, economía verde y cambio climático haciendo ruido y denunciando unos comportamientos que vaticinaban un futuro de desasosiegos, el presente se imponía con toda su fuerza y nos acostumbramos a vivir en una paradoja un tanto histriónica: pasar frío en verano y calor en invierno. ¿Quién no recuerda ese viaje en tren con una temperatura fuera de 37 grados y tú con la chaqueta bien abotonada y deseando que alguien te prestara unos calcetines para tus pies? ¿O ese día al salir de la oficina buscando el sol para calentar tu cuerpo helado ante un aire acondicionado que rondaba los 18 grados? Y en invierno sucedía justamente lo contrario y ante una calefacción insultantemente ardiente paseábamos nuestros brazos desabrigados y abríamos las ventanas buscando el frío de la calle. Todo perfectamente increíble, pero sin embargo era así como vivíamos convertidos en una sociedad próspera, cuya prosperidad parecía medirse por la temperatura heladora del aire acondicionado y el calor insoportable de las calefacciones centrales. Así vivimos y así hubiéramos seguido viviendo, ajenos al desastre que se avecinaba, de no ser porque una situación brutal y no deseada como es una guerra nos ha obligado a controlar y racionalizar nuestro gasto energético que era desmesurado y totalmente irracional.

Duele la causa, pero la consecuencia quizá nos permita vivir en el presente anhelando un futuro que, si bien desconocemos, al menos empezamos a cuidar para que se convierta un día en presente ojalá más confortable, como es la sombra de un árbol en la ciudad en verano, el ruido del agua cayendo desde una cascada o el verde de la hierba que peina nuestros valles y montes a los que hemos sometido una y otra vez a nuestro egoísmo insufrible. Será difícil explicar a las generaciones venideras nuestros hábitos convertidos en costumbres y con los que hemos dañado tanto nuestro hábitat como nuestra salud social; será muy difícil explicarles que en verano hacíamos por pasar frío mientras en inviernos nos gustaba achicharrarnos, porque pensarán que nadie en su sano juicio puede querer traicionar de ese modo a su mejor y más próspero compañero de viaje. ¡Ojalá no sea demasiado tarde para tanto como tenemos que cambiar si queremos futuro de niños desconocidos jugando en la era que ordena todos los rayos del sol!

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