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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

EL TRIÁNGULO

Ángela Labordeta

Los sin barrio

Torrero. Las Fuentes. San José. La Jota. Monzalbarba. Montemolín. Oliver. Delicias. La Química... Todos ellos eran barrios de la Zaragoza de los años setenta a los que llegué procedente de Teruel y en los que no viví, porque mis padres se habían comprado una casa en le esquina entre Camino de las Torres y Paseo Sagasta (entonces General Mola) y eso no era barrio ni nada, era el centro y el centro carecía de identidad, no tenía concepto de clase social y simplemente era una zona residencial donde los edificios nuevos eran ocupados por familias de clase media y los más antiguos y de bellas arquitecturas por familias con heráldicos apellidos.

En mi colegio, por su ubicación, había niños del barrio de Torrero y del de San José sobre todo; también había dos niñas que vivían en la Química, una de Monzalbarba, otra del barrio viejo, de San Pablo concretamente, y otro que era rebelde que llegaba desde las Fuentes siempre enfadado, siembre tumultuoso. Los chicos y chicas que vivían en los barrios se reían de los que lo hacíamos en el centro y nos decían que no teníamos barrio, que éramos unos sin barrio y a mis once o doce años me disgustaba no tener un barrio, porque yo solo podía decir que era de Zaragoza, mientras ellos eran de Oliver, la Jota… Su barrio siempre en primer lugar. Recuerdo que un día le pregunté a mi madre que por qué no teníamos barrio ni pueblo y ella me dijo que para qué los necesitábamos y yo le expliqué que en el barrio pasan cosas que no suceden en el centro y que en el barrio todo el mundo se conoce y nosotros, añadí, ni siquiera conocemos a todos los vecinos con los que compartimos ascensor y garaje.

Mi madre olvidó pronto aquella conversación, pero el ser una sin barrio había dejado en mí una huella como de dinosaurio herido, así que tarde tras tarde y en soledad comencé a recorrer los barrios de mi ciudad y descubrí cosas hermosas y cosas que me ahuyentaron y descubrí que los lindes en un barrio son extremadamente crueles, porque según qué lado del linde ocupes eres o no del barrio. A veces llegaba muy cansada a mi casa en el centro de la ciudad y también es cierto que algunos barrios ni siquiera llegué a conocerlos: o estaban demasiado lejos o eran peligrosos según se decía en las calles del centro.

Un día mi amiga, la que vivía en San Pablo, me invitó a su casa y me dijo: «Así sabrás cómo se vive en un barrio». Recuerdo atravesar juntas la zaragozana calle San Pablo de finales de los setenta, recuerdo mi temor ante la estrechez de la misma y el murmullo tras las ventanas abiertas, pero lo que más recuerdo es su orgullo en cada paso, en cada saludo, en cada mirada mientras me decía: «Aunque viejo y pobre este es mi barrio y tiene su iglesia».

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