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El Periódico de Aragón

Carolina González

EL TRIÁNGULO

Carolina González

El precio de la libertad

Opinar no cuesta nada. En el bar, en una cena en casa con amigos. Insistes en lo mal que lo hace el Gobierno, que los políticos no tienen ni idea de nada, que los huevos están carísimos por no mencionar la gasolina o la luz... Hablas, hablas y hablas, solucionas el mundo, te echas unas risas, te acaloras en algún momento de la conversación y regresas a casa desahogado sin tener la sensación de haber hecho nada relevante más que pasar un buen rato.

Pero cuando suceden cosas como la agresión al escritor Salman Rushdie te das cuenta del precio que pagan muchas personas por expresarse. El terror y la maldad no entienden de fronteras, ni siquiera en Estados Unidos. Allí han sido incapaces de garantizar al ensayista la protección que necesitaba para exponer sus ideas. Fue apuñalado en Nueva York cuando iba a presentar su decimoquinto libro ante un auditorio lleno. Jomeini pidió su cabeza en 1989, tras firmar Los versos satánicos un año antes, una novela que el régimen del ayatolah iraní calificó de blasfema y contraria al Islam, al Profeta y al Corán. Por eso, le condenaba a muerte.

Desde entonces Rushdie había sufrido una persecución constante. Se vio obligado a vivir prácticamente escondido y bajo protección policial. Él había demandado en vano a la Unión Europea que pidiera a Jomeini que rectificara su decisión. Pero nada. La implicación de Europa se quedó en agua de borrajas. La brecha entre las palabras y los hechos en Bruselas crece sin medida. Los avisos, las alertas e, incluso, las amenazas caen en saco rato. Tendría que hacérselo mirar tal y como está el mundo.

La falta de libertades no es nueva. Muchos países mantienen el yugo sobre las cabezas de sus ciudadanos. En Afganistán, un año después de la vuelta al poder de los talibanes, las mujeres han desaparecido. Han sido literalmente anuladas de la vida pública. Los fundamentalistas han borrado sus pasos, sus voces, sus imágenes. Les imponen ropajes para convertirlas en fantasmas, les prohíben que viajen solas, que estudien, que trabajen y que hagan deporte. La mitad de la población afgana ha sido obligada a permanecer en la sombra. Y la otra mitad no solo no hace nada por evitarlo, sino que asume que no valen nada. Las quieren invisibles.

Los países civilizados, el primer mundo, Occidente, no pueden permanecer callados. El silencio les hace cómplices. Hoy se llama Rushdie, mañana de otra manera. Son las mujeres de Afganistán, los homosexuales en otros tantos países... La injusticia carece de nombre propio. Y para combatirla solo cabe la voz de los que pueden alzarla y la acción de los que pueden ejercerla. Esto también es política y de la buena.

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