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El Periódico de Aragón

Carolina González

Cuando nadie nos ve

La responsabilidad. Se convirtió el otro día en un debate de sobremesa con un grupo de amigos. La responsabilidad individual, ciudadana, personal y social. ¿Hacemos lo que predicamos? ¿Actuamos en privado como decimos en público? ¿Somos honestos con nosotros mismos? ¿Cuál es nuestra actitud cuando nadie nos ve? Menuda tertulia nos sobrevino sin pensarlo demasiado.

De cara a la galería solemos tener un discurso, una posición sobre cualquier asunto y una opinión más o menos clara de esto o aquello. Somos conscientes de la importancia de nuestras palabras y de mostrar cierto compromiso social con algunos asuntos de calado. Pero como siempre la contradicción va por dentro, como la hipocresía, y uno no puede hacerse trampas al solitario. Aunque se empeñe.

Cuesta mantenerse firme en determinadas convicciones y llevar adelante algunos compromisos. El sistema, tal y como está diseñado, no lo pone fácil a la hora de llevar a la práctica algunas teorías. Por ejemplo, en ahorro energético, en sostenibilidad o consumo. Aunque quieras, resulta difícil comprar todo en tiendas del barrio o no contaminar tanto. En ocasiones, ni queriendo se puede lograr un objetivo.

También resulta curioso cómo se nos olvida con frecuencia que además de derechos tenemos obligaciones. A todos se nos llena la boca al hablar de lo que nos pertenece como ciudadanos pero la cerramos un poco cuando nos referimos a las obligaciones. Y no me refiero solo a las impositivas sino a las vecinales, a las ciudadanas, a las éticas, a las vitales. ¿Ayudamos tanto como podemos? ¿Nos comportamos siempre como nos gustaría que se comportaran con nosotros? ¿Criticamos errores que nosotros mismos cometemos? ¿Cuánta empatía exigimos que no estamos dispuestos a dar?

Surgían todas estas cuestiones a colación de otro debate sobre la mayor individualidad de nuestros tiempos. Somos más egoístas, egocéntricos y narcisistas porque el estilo de vida actual nos arrastra a serlo. Pierde fuerza la colectividad y la unión porque potenciando esa forma de sociedad colaborativa puede fomentarse la solidaridad y la lucha por la consecución de objetivos comunes. O quizá simplemente hemos evolucionado hacia el ombliguismo y la supervivencia en nuestra propia baldosa sin más pretensiones que la felicidad instantánea de consumo rápido. Nada ni nada nos impulsa hacia ningún lugar, somos nosotros los que nos dirigimos hacia allí conscientes de nuestras propias necesidades y despreocupándonos del bienestar ajeno.

Sea como fuere, conviene acostarse tranquilo, no vaya a ser que la conciencia nos sacuda tanto que al final ni en nuestra baldosa acabemos sintiéndonos seguros.

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