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Se acerca otro 25 de Noviembre en un ambiente más retorcido de lo habitual. De un lado está todo ese ruido que enturbia la ley del solo sí es sí y por otro llega el Mundial de Fútbol a Qatar, un país que no respeta los derechos humanos, no solo los de las mujeres, sino los de los colectivos que históricamente han sido arrinconados y humillados por su condición sexual. Hace unos días leí que Qatar no se merecía un premio como la celebración de un mundial de fútbol y dicha afirmación me pareció acertadísima, ya que solo conseguiremos detener la violencia contra las mujeres desde la educación y desde un cambio en los paradigmas del pensamiento, de la religión y de la política que sistemáticamente en todos los países del mundo, en algún momento de la su historia o la largo de toda ella, han ido contra la mujer, contra su libertad y sus derechos y cuando hablamos de derechos, no solo hablamos del derecho sorbe su cuerpo, sino sobre su mente, su dignidad, su felicidad y su vida. ¿Pero qué puede importar la dignidad o la vida de una mujer cuando en juego están millones y millones de euros y millones y millones de aficionados que hacen del fútbol un modo de vida y un ritual que es la reparación de todos los males o el desencadenante de todos los odios? Muy poco o diría nada, porque si bien la selección de Irán no ha entonado su himno en recuerdo y por respeto a la joven asesinada por llevar mal puesto el velo, Hadith Najafi, nadie, ni ellos ni nadie, podrá devolverle su vida, mientras el resto del mundo sigue atentamente los partidos y olvidan rápidamente qué hace Qatar con sus mujeres y con la libertad de todo su pueblo, porque lo importante es lo que le sucedió a la selección Argentina, que no estuvo a la altura, o lo que despertó la de Arabia Saudita, perfectamente desfavorable e imprevisiblemente ganadora.

Somos una especie que debiera estar en extinción, porque devoramos la vida de los otros sin reparo y sin conciencia y si la vida del otro es la vida de una mujer, eso en algunos países del mundo hasta es un hecho justificado, porque siempre hay algo, por pequeño que sea, que recriminar a una mujer y que casi siempre tiene que ver con el miedo a su libertad. Da igual cuán alto griten las mujeres, da igual sus desvelos y sus miedos, porque al final lo suyo siempre tiende a polemizarse por el simple hecho de que ellas, nosotras, siempre hemos sido vistas como una pertenencia, una posesión o un trofeo. O simplemente ni siquiera nos han visto, que eso es lo que sucede de forma rutinaria.

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