La vejez

Ángela Labordeta

Ángela Labordeta

La vejez es el sitio al que no querrías llegar y al que sin embargo estás deseando llegar, porque eso significa que superaste la infancia, la adolescencia, la madurez y esas otras etapas de la vida que no se nombran porque carecen de identidad clara. Cada vez son más las personas que me rodean que están en esa época de la vida, en la que a la vez que todo te da lo mimo, tienes un miedo terrible a saber que eres cuestión de tiempo, del tiempo que ya no es tuyo y del que solo a veces dispones. La vejez me parece el lugar donde debiéramos nacer para de alguna forma crecer aprendidas y al mismo tiempo me resulta un enigma, cuyas contradicciones abrigan inviernos cálidos y veranos helados. He conocido a muchas personas envejeciendo, siendo viejas, y de todas ellas me llevo lecciones que son casi como sacramentos que guardas o encierras en el lugar donde sabes que un día tú también estarás. La vejez es soltura, ingenuidad, perdición, un halo de magia y mucha cordura hasta en la locura más invasiva.

Pasear por la vejez puede resultar desagradable e incluso anodino cuando esta te asalta en medio de la madurez y sin embargo cuando llegas a ella a eso de los ochenta años el ritmo de las cosas se vuelve torcido y una y otra vez te engañas pensando que tus ochenta son casi como los sesenta y en tu vejez eres casi capaz de cualquier cosa que sea más o menos escuchar y escucharte, pasear y no caer, reírte y morirte de la risa una y otra vez por cosas que son la respuesta a tu propio despiste del que no quieres huir porque sabes que eres vieja, pero no tonta. Más vieja que tonta.

De cría mis viejas eran mi abuela y sus amigas, mi madre entonces tenía cuarenta años, y con ellas disfrutaba de cosas que no disfrutaba ni con el resto de los niñas ni con el resto de las madres, con ellas jugaba a desbaratar la vida, a estrangularla y en una partida sin cartas ni monedas, ellas eran capaces de ponerlo todo patas arriba en un arriesgado juego que iba mucho más allá de la cordura y bastante acorde con la vejez. Ellas me enseñaron que la vejez es algo simultáneo a la vida y en ocasiones deliberadamente hermoso cuando dejas de pensar que por ser viejo eres inservible o torpe o simplemente en desuso. A ellas, mis viejas, las vi correr y no parpadear cuando las cosas venían mal dadas y las vi enmudecer cuando las cosas que venían bien dadas ellas no eran capaces de comprenderlas.

La vejez no es una enfermedad, es el lugar en el que encierras toda la sabiduría que solo las noches en silencio te han ido ofreciendo una y otra vez.

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