La peor decisión

Ángela Labordeta

Ángela Labordeta

Hay buenas decisiones, malas y las peores, y parece que la moción de censura que Vox quiere presentar en el Congreso de los Diputados para decir una y otra vez que el Gobierno de Sánchez es ilegítimo, pertenece a la tercera. En política, las malas decisiones traen generalmente consecuencias negativas, a las que es posible darles la vuelta, ya que vivimos en unos tiempos donde la información se cocina en una olla repleta de ingredientes insalubres, manipulados y decididamente infectados. Pero ¿qué hacemos con las peores decisiones? Porque las peores decisiones suelen rozar el ridículo, no aguantan ninguna justificación y desenmascaran a aquellos que sabiendo del error, lo estiran en una postura enfermiza de clara contradicción política y nulo respeto a la sociedad, a la que consideran una comparsa sin elementos de juicio y fagocitada por una bandera, dos derivas machistas y tres populismos totalitarios de verdades a medias, que buscan en los retales del franquismo un discurso de frases patrióticas con las que pretenden difamar al contrario, sin entender que el patriotismo es de unos y de otros y no solo de unos como quiso y materializó el franquismo.

Vox, claro está, tiene todo el derecho a promover una moción de censura y Ramón Tamames a encabezarla. ¿Pero acaso no hay nadie en ese partido o en el entorno de Tamames que les explique que no necesitamos más de lo mismo, más de eso que es escupir al otro porque simplemente es el otro, ilegítimo, como el franquismo consideraba ilegítimo todo lo que no fuera régimen y apología? Parece que no y no podremos escapar a un nuevo episodio vestido de reproches y con alma de escaparates de gran avenida a los que solo unos pocos pueden acceder y muchos menos tocar.

Las peores decisiones suelen tener una mala digestión y se inscriben en la historia de forma bochornosa y sucumben a las prisas y al desaire de considerarse desairado y por eso quizá Vox haya pensado que había que darse prisa, mucha prisa, toda la prisa, ahora que el tiempo simplemente anda consumiéndose, de la misma forma que la llama en una cerilla que ciega la vista y el entendimiento.

Las peores decisiones suelen vestirse con la ropa de otro, de manera que aquel que tomó la decisión de ser el abanderado de la peor de las decisiones no se condene y pueda tener una salida de emergencia en medio de la ruina, el dolor, la decepción y el rostro agrietado de la vejez.

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