Quítate tú para ponerme yo

Carolina González

Carolina González

Últimamente nos dan mucha vidilla los políticos rebotados. Esos que ahora se revuelven contra sus todavía jefes por tomar decisiones que no les favorecen a título individual o por designar a otros candidatos que, obviamente, no son ellos. Los que hace cuatro años les eligieron a dedo para auparles a un cargo público son ahora unos dirigentes indeseables, desleales y tramposos. Antes eran líderes capaces, diligentes y honrados, pero han cambiado. Se han transformado en personas que traicionan el espíritu del proyecto. Y eso, claro, les obliga a abandonar el partido y cambiar de equipo. Lo hacen por dignidad y coherencia, no por narcisismo y ganas de seguir en el candelero, por supuesto.

A los periodistas estas pugnas cainitas nos facilitan el trabajo. Dejan poco margen para la interpretación. Con escucharles y reproducir sus palabras basta. Lo saben bien en Ciudadanos y en el Partido Aragonés. Fuego amigo, disparos a quemarropa, filtraciones, insinuaciones... Supuestos compañeros despellejándose en público con nombres y apellidos por un puñado de votos. Sin vergüenza, sin tapujos, sin ahorrarse calificativos. Les da igual hacerlo ante un micrófono, en un artículo de opinión o en una red social. Les resulta indiferente ponerse verde en 280 caracteres o durante 30 segundos de radio y televisión. Los nervios cunden, el tiempo para figurar en listas apremia y la elegancia escasea. Mejor una buena puñalada, directa y certera, que irse sin hacer ruido. Al final, el resumen, es siempre el mismo: resistirse a cerrar una puerta sin abrir antes una ventana. Especialmente ante la proximidad de una cita electoral. Y si, además, la incertidumbre tiñe el panorama parlamentario como nunca antes, más inquina. Bienvenidos a los juegos del hambre.

Resulta curioso este ejercicio público de crítica y soberbia. No por nuevo, sino por inútil. Todos los que recurren a esta burda herramienta deberían saber ya, por experiencia, que solo sirve para resquebrajar la credibilidad de uno mismo. Está muy bien eso de alardear de sinceridad, pero morder la mano que te ha dado de comer es de desagradecidos. Sobre todo, porque al final sale a la luz la verdadera intención, que no es otra que querer mantenerse en la vida pública y garantizarse un sillón. Aquellos que presumen de haber venido de la empresa privada a la política perdiendo dinero deberían pensárselo dos veces, porque solo por egocentrismo se entiende el cambio de chaqueta a los cuatro años. Fracasado el proyecto en el que se embarcaron, saltar al barco más cercano que no hace aguas no es la mejor carta de presentación. Al menos si hablamos de decencia. Saber irse a tiempo es tan importante como llegar.

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