Ahora lleva unas semanas que va de empate en empate, pero hubo un tiempo, cuando se gestó la reacción que permitió al Real Zaragoza escapar de una posición comprometidísima y de una dinámica tanto o más peligrosa, que fue de victoria en victoria, especialmente en La Romareda, donde lo que parecía imposible se hizo posible y con ello estar en la disposición actual. Con 44 puntos a falta de cuatro jornadas, la zona de descenso a tres de distancia, siete rivales por debajo y prácticamente todos los goal-averages ganados, la posición del equipo de Juan Ignacio Martínez es buena para rematar la faena con éxito. Sin embargo, el trabajo no está concluido, todavía le falta el último esprint, al que el Real Zaragoza llega bien orientado pero justo de fuerzas.

Esa es la tarea de aquí al 30 de mayo, fecha decisiva para la Sociedad Anónima en tanto en cuanto el escenario cambia de manera drástica con otra temporada más en Segunda División o con un indeseado descenso a la Primera RFEF, de cuyo nombre nadie quiere acordarse. JIM ha encaminado el objetivo deportivo y a la propia SAD en la dirección adecuada con una propuesta de juego extremadamente efectiva, muy inteligente por la coyuntura y adaptada a las virtudes y a las deficiencias de la plantilla, pero alejada de la manera tradicional de entender el fútbol en esta tierra, factor irrelevante cuando el fin es de tan alta relevancia que justifica cualquier medio.

El día después de la permanencia, que otro escenario no se plantean ni el entrenador ni la plantilla ni el club, el Real Zaragoza está obligado a reinventarse. La SAD está atascada en un punto muerto que mantiene al equipo siempre en el mismo lugar, lejos del que le corresponde, unas veces viendo posible la salida y otras intuyendo lo peor. Para el Real Zaragoza es ineludible cambiar el paso y buscar una mejoría global desde el punto de vista profesional, adoptar las decisiones necesarias para tomar impulso, volver a ilusionar a sus aficionados y salir de este círculo vicioso sin otro destino que el mismo destino. Con lo que hay no ha sido suficiente. Los ocho años en la categoría lo ponen de manifiesto. Hacen falta aires nuevos. Hace falta más. En el mundo en el que vivimos, más dinero.