El del Getafe de este miércoles (21.00 horas) no es un amistoso más. Primero, porque aunque el trato al Trofeo no ha estado a la altura del mito, sobre todo en los últimos años, el Memorial Carlos Lapetra siempre es una ocasión especial, el primer día en el que el zaragocismo puede palpar y sentir en su propia piel un nuevo Real Zaragoza. Cada año es el estreno en La Romareda y, aunque venido a menos, no deja de ser una ocasión singular.

Pero este Lapetra tendrá como gran acicate el regreso del público al estadio después de nada más y nada menos que 510 larguísimos días. Una temporada y pico sin aliento, desde el duelo ante el Deportivo de aquel lejano 23 de febrero de 2020. La vuelta de los aficionados es, sin duda, lo más reseñable de una cita que se antoja como la primera oportunidad real de que la afición exprese, si lo desea, todo lo que lleva más de un año aguantándose dentro, que exteriorice su cansancio por una venta que se está demorando hasta límites insospechados, su hastío por una falta de transparencia y de explicaciones imposible de digerir, por la falta de fichajes condicionada de forma clara pero no única por dicha venta y una cada vez más palpable falta de empatía con el aficionado, como demostró una vez más el club con su campaña de abonados sin presentación ni guiños al aficionado que pagó el curso anterior sin poder entrar.

Al final el zaragocismo ha estallado por una deriva que amenaza con encallar si no se vira el rumbo a tiempo. El comunicado de la Federación de Peñas, que había mantenido una posición de prudencia, encendió una mecha que llevaba tiempo amagando con prenderse. Y el Lapetra supone la primera oportunidad de que la afición ponga el grito en el cielo, porque el tiempo apremia y la contrarreloj termina a la par que este mes.

Además, puede suponer la explosión de toda la rabia contenida. Porque el verano está siendo duro y difícil, tanto que recuerda al de aquel no tan lejano 2014, pero el zaragocismo no olvida de dónde viene. El curso pasado, con dos directores deportivos, tres entrenadores y el fuego del infierno del descenso abrasando en gran parte de la temporada debía servir en la propiedad como toque de atención. No lo parece.

Pero mientras en la grada se juega un partido con focos al palco, en el terreno de juego tendrá lugar otro. Sin puntos en juego, pero con su miga. El Real Zaragoza, sin más fichaje que el de Fran Gámez mientras espera a Borja Sainz, que será el siguiente, encara su última prueba de una exigente pretemporada en línea ascendente.

Es cierto que faltan muchas incorporaciones y que el equipo sigue en pañales, pero JIM está imprimiendo en el que equipo una identidad basada en la solidez, en la robustez defensiva y en automatismos en ataque que suponen motivos de esperanza para el futuro. Algo a lo que agarrarse mientras llegan los refuerzos. Se ha demostrado que la derrota contra el Calahorra en la primera jornada fue un tropiezo, ya que fue enmendado contra dos Primeras como el Elche y el Valencia, más otro firme empate ante el Atromitos griego.

Ahora, el amistoso contra el Getafe supondrá otra prueba de madurez antes del fuego real. El partido, que por cierto vivirá el duelo entre Adrián González y su padre Míchel, se presenta como una oportunidad de seguir creciendo. En lo deportivo faltará ver por qué once inicial apuesta JIM, porque lo más probable es que se parezca al del Ibiza de dentro de semana y media. Ahora bien, los que seguro que no jugarán serán Vuckic y Larra, que están en la rampa de salida, que ya no tuvieron minutos contra el Atromitos y que se espera que salgan.

Por lo demás, aparte de ver la alineación y el desempeño de un equipo obligado a dar el do de pecho tras un curso más que decepcionante, siempre queda ese regusto por ver a los canteranos, a los más consagrados y aquellos que quieren tirar la puerta como Ángel López, Luis Carbonell, Javi Hernández, Pablo Cortés o Puche. Además, regresa Enrique Clemente después de superar el covid, aunque habrá que ver cómo se encuentra tras la inactividad.