Óscar Whalley está teniendo una carrera deportiva como una montaña rusa, con altibajos, momentos de paz y de pura adrenalina. El zaragozano ha vivido en sus propias carnes la crueldad de ser portero, la soledad de ser segundo e incluso tercer meta y no rascar bola o la miel de ser un futbolista con la plena confianza de sus distintos entrenadores.

Ahora estaba en un momento muy dulce. Quizá, incluso, en el que más de su carrera deportiva. Después de salir del Sporting de Gijón, por donde pasó sin pena ni gloria desperdiciando dos años de madurez, y tras su paso por el extranjero en Dinamarca (Aarhus) y Grecia (OFI Creta), regreso a España de la mano del Castellón volvió a poner en canción al portero aragonés.

En Lugo están encantados con él, tanto que se adjudicó el puesto de titular indiscutible por delante de Vieites, y estaba haciendo olvidar a Ander Cantero, el guardián de la muralla lucense en las últimas campañas y uno de los grandes baluartes del club. Tanto que se lo llevó el Eibar, un más que serio candidato a subir a Primera.

Pero después de cinco partidos su buen momento ha quedado truncado. En el último entrenamiento antes del encuentro contra el Cartagena, el zaragozano se produjo una fractura de la base de la falange distal del dedo meñique de su mano. Así que se perderá el encuentro ante el club en el que creció desde infantiles, ya que entonces no había alevín en el Real Zaragoza como ahora.

Ya en la temporada pasada llenó varios titulares del mismo estilo: «Whalley, el parapenaltis de Segunda». Tres de cuatro llevaba detenidos en abril y sus buenas actuaciones, pese a que el Castellón estuviera en la parte baja y acabase bajando, le pusieron en escaparate por méritos propios. Al final, firmó por el Lugo, donde volvió a demostrar su gran habilidad para detener una pena máxima ya que, ante el Fuenlabrada, en la cuarta jornada, salvó un empate deteniéndole un penalti en la última jugada a Kanté.

Aquel niño infantil olía casi a prodigio. Siempre jugó con chicos de más edad que él en las categorías inferiores, con los del 93, y pronto le llegó la oportunidad con el primer equipo. En los últimos dos encuentros de la 13-14 debutó y el curso siguiente participó en los primeros 19, hasta que finalmente fue relegado a la suplencia. Su eclosión se quedó en menos de lo esperado. Pasó de que se especulara con una venta, cuando todavía el Real Zaragoza no tenía la imperiosísima necesidad que posee hoy en día de traspasar sus mejores activos, a marcharse al Huesca después de que, contra el Girona en la ida de la promoción de ascenso, fuese uno de los protagonistas negativos.

Pero en el último año y medio está mostrando lo que apuntaba de joven. Quizá no tanto como se esperaba, pero sí que está consolidándose como uno de los metas más decisivos de la categoría de plata. Ahora esta lesión le trunca su escalada y no le dejará jugar ante el club en el que creció.