Tampoco fue esta vez. Séptimo partido seguido empatando, ni una victoria en seis encuentros en La Romareda, un gol de pena máxima en esta ocasión los tantos en jugada ya como quimera, casi 70 minutos tirados a la basura y solo un arreón final propiciado por el error de la Ponferradina en el penalti... El Zaragoza, siempre a remolque en el marcador, siempre tarde al llegar al partido y siempre empatando, está ya emitiendo claros síntomas de caída, de perdición en su juego. Se vienen dibujando desde Lugo, con excepciones, como la segunda parte ante el Huesca, pero se evidenciaron contra el Málaga y quedaron aún más patentes si cabe ante la Ponferradina, donde JIM buscó un giro, con menos control del balón y más intentos de fútbol directo que no llegaron a casi ningún lado salvo en el tramo final, donde la acumulación de jugadores en ataque y la presencia de Iván Azón generaron réditos en esa apuesta.

El Zaragoza soltó un partido confuso, con una primera parte horrorosa en la que juntar a Narváez y a Álvaro y volcar a Vada a la izquierda no le produjeron ninguna sensación positiva en ataque, con un fútbol sin ideas y con balones en largo sin destino, porque nadie los ganaba. JIM, a estas alturas, sigue buscando soluciones, probando cosas y esta vez le tocó el turno al estilo, con un cambio de dibujo en el 4-4-2 que no funcionó en la primera mitad porque al rival le bastó con tapar a Eguaras y la imprecisión zaragocista hizo el resto.

En esa exploración de vías queda claro que el técnico asume que el Zaragoza se está perdiendo, que de la identidad que mostró en algunos momentos de la temporada, sobre todo en Fuenlabrada, Alcorcón o frente al Sanse queda poco o nada y que el equipo tiene muchas más dudas que certezas y seguridades.

El Zaragoza choca, por supuesto, de frente con su incapacidad ante el gol, pero es que ahora cada vez menos le puede echar la culpa a esa falta de pegada. No lo puede hacer ante la Ponferradina en los primeros 70 minutos, donde solo dos disparos de Fran Gámez y los intentos insustanciales de Narvaéz, que cada vez juega más para sí mismo y menos para el equipo, generaron intranquilidad en una Ponferradina que le había bastado con una contra tras un córner muy mal defendida y con un repliegue terrible, con Eguaras de forma incomprensible tapando junto a Gámez, para adelantarse.

El error en el refugio final

El penalti trajo otro partido y el Zaragoza, espoleado por su gente y con un fútbol directo con Azón como referencia y con la entrada de Adrián, de nuevo con menos minutos de los que merece, y la mejoría de Vada, tuvo ocasiones para marcar y ganar sobre todo las de Nano Mesa, Petrovic y el propio Vada.

Haría muy mal, sin embargo, JIM en mirar solo a ese arreón. El Zaragoza se cae, va a menos, no pierde nunca, pero tampoco gana. Son ocho jornadas sin perder, pero siete empates seguidos. Así no va a ningún lado. No desde luego a la pomada que dijo Torrecilla. Y cada vez tiene más dudas. Y cada vez más sombras. Y aumentarán si la victoria no llega ya el lunes ante el Girona, porque los resultados mandan. Y JIM bien que lo sabe. Su cuerda es la primera que se romperá si no llega esa victoria y la reacción posterior, por mucho crédito que se ganara el curso pasado, que indudablemente lo hizo.