Tal como ha venido la mano, torciéndose poco a poco a base de una sucesión eterna de empates que ha impedido al equipo levantar mínimamente el vuelo y lo ha paralizado en los bajos fondos de la clasificación, el partido de Burgos ha alcanzado una importancia máxima para el futuro a corto plazo del Real Zaragoza. En el banquillo se sentará Juan Ignacio Martínez, el hombre que activó las teclas precisas para que el milagro de la salvación fuera posible la pasada temporada y que en la corriente, de momento, no está consiguiendo nada similar a pesar de que en varios momentos verdaderamente pareció que lo iba a lograr por el volumen de juego y las oportunidades generadas.

El técnico carga a cuestas con vivir en puesto de descenso y un bagaje de puntos muy pobre, 13 en 13 jornadas. En un ejercicio de paciencia y confianza absolutas, ganadas por el trabajo del año pasado y en el día a día del club de esta campaña, la Sociedad Anónima sigue firme en su apuesta por mantener a JIM. Después del récord de igualadas, el entrenador tendrá en El Plantío una nueva oportunidad para corresponder a esa fe de sus jefes y cambiarle el tercio al destino con una victoria.

A la par que los partidos sobre el césped, el Real Zaragoza está jugando otros encima del entarimado de los despachos. El proceloso e inacabado proceso de venta ha agrietado todavía más las relaciones internas y ahondado en la división en el consejo de administración, una fractura que no hace bien a nadie, por supuesto tampoco a la SAD, cimiento jurídico matriz sobre el que se levanta un equipo histórico de fútbol, depositario de uno de los grandes sentimientos colectivos de Aragón. El club está estancado y el ciclo, exhausto y cerca del agotamiento.

Después de años de grandes esfuerzos societarios a varios niveles, al final con más sinsabores deportivos que alegrías que disfrutar, pero con una buena línea financiera, aunque de conservación más que de inversión, la coyuntura requiere cambios, aires nuevos, otros bríos y fuerzas diferentes. Dejar de vivir en el inmovilismo, en el empate a cero perpetuo y colgados del larguero hasta el último minuto para sobrevivir a todo tipo de dificultades, y tratar de buscar una carta ganadora que permita renovar y relanzar a este Zaragoza parado siempre en el mismo sitio.