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La 17ª jornada de Segunda

Mantequilla pura. La contracrónica del Burgos-Real Zaragoza (2-2)

El Zaragoza pierde dos puntos por un miedo a ganar traducido en una extrema fragilidad en su área. Es capaz de marcar dos goles al inexpugnable Burgos, pero incapaz de vencer

Larra pugna por un balón durante el encuentro en El Plantío. CARLOS GIL-ROIG

Es tan blandengue el Real Zaragoza que parece mantequilla pura. Su incapacidad para ganar partidos adquiere ya carácter paranormal, como quedó claro en Burgos, donde el equipo aragonés tenía ganado el encuentro en el 90 pero se dejó escapar dos puntos en el 92 merced a su insoportable miedo a ganar y a la extrema fragilidad anímica de jugadores presos de una tremenda bisoñez. Escribá sigue sin cantar victoria, a pesar de que su mano se deja notar en cada partido. Es su equipo el que no sabe vencer ni ante once ni ante diez, ni cuando solo debe defender una ventaja durante un par de minutos. 

El gol de Curro nunca debía haber llegado. De hecho, el balón jamás debería haber alcanzado las inmediaciones del área zaragocista. No es de recibo permitir al rival soñar con el empate cuando acaba de sufrir el mayor mazazo que puede haber: recibir el tanto de la derrota en el minuto 90. Pero este Zaragoza, cautivo de su propia debilidad, se envolvió en miedo y sudores fríos cuando vio ese balón suelto por ahí. Fuentes, en otra muestra de su nivel, dudó entre salir a por él o meterse en una cueva en la que ni el portero ni la defensa tenían claro qué hacer y a quién tenían al lado. Curro, en línea con Jair, superó a Ratón con toda la clase que le faltó a un Zaragoza que volvió a dejar patente su incapacidad para dominar las áreas.

Y eso que había hecho lo más difícil. Solo el Lugo había sido capaz de marcarle dos tantos al Burgos en lo que se lleva de temporada. Caro, sin duda, el gran protagonista del ejercicio hasta ahora, sucumbió por partida doble ante, precisamente, uno de los peores atacantes de la categoría. Dos tantos le marcó ese Zaragoza empeñado en batir records negativos de cara al gol, pero ni siquiera eso le sirvió para ganar. 

Porque a este Zaragoza tierno y blando como la mantequilla no le da para todo. La manta le permite tapar una parte del cuerpo, pero no todo. Si se abriga por arriba, se le hielan los pies. Si se cubre de medio cuerpo para abajo, se le congela la cabeza. No hay forma de dormir tranquilo.

Y es una pena. Porque la escuadra de Escribá tiene buena pinta. Es un equipo más serio, más coherente, más normal. Instalado sobre un 4-4-2 muy definido, llega más y mejor arriba. Dos puntas dinámicos y en continuo movimiento y más profundidad. En Burgos, por primera vez desde hace mucho tiempo, el Zaragoza no tenía ni jugadores a pierna cambiada ni sometidos a experimentos extraños. Dos diestros en la derecha y dos zurdos (Bermejo formó por delante de Fuentes) en la izquierda.

Pero ni siquiera esa normalidad implantada por Escribá y el acertado empeño del entrenador en explotar al máximo las jugadas a balón parado y las transiciones rápidas sirven, de momento, para salir del agujero. Este Zaragoza está mejor, sí, y es mejor, también, pero aún no le da para lograr esos triunfos tan necesarios para dejar de ver fantasmas por todos lados.

Al menos, el plan está claro. El Zaragoza sabe al fin a qué juega, lo que no es poco tal y como estaba el patio hace cuatro días. Pero ahora le queda volver a aprender a ganar partidos. Sin eso, cualquier progresión será insuficiente. Y encuentros como este no pueden dejarse escapar. O el de la anterior jornada ante el Málaga, con uno menos durante casi todo el choque. Mal haría el Zaragoza en celebrar en exceso su mejoría. Sobre todo, porque todavía no hay nada que celebrar.

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