La opinión de Sergio Pérez

La crisis del Real Zaragoza y la gallina de los huevos de oro

El presidente Jorge Mas, en el palco en el partido contra el Huesca en La Romareda.

El presidente Jorge Mas, en el palco en el partido contra el Huesca en La Romareda. / ÁNGEL DE CASTRO

Sergio Pérez

Sergio Pérez

Está el gallinero muy alborotado. El revolcón de la segunda parte en Málaga ha puesto los nervios a flor de piel. Nadie en el Real Zaragoza esperaba que a estas alturas de la competición el equipo vagabundeara de esta manera por los bajos fondos de la clasificación, desfigurado en ataque, con fallos clamorosos que han sido una constante durante toda la temporada, y venido a menos estructuralmente y en defensa, con excesivas situaciones de verbena para felicidad de los rivales.

El Real Zaragoza se aproxima a la recta final de la Liga muy lejos de donde las predicciones del club lo colocaban. Ahora mismo es decimoséptimo, no tiene más que cuatro puntos de renta sobre la zona de descenso y mira el playoff, el objetivo asumido en público por la nueva propiedad, a una distancia estratosférica de trece. Uno a uno, el tiempo ha ido desautorizando todos aquellos mensajes de optimismo.

La realidad es otra. El equipo está tocado desde el punto de vista futbolístico, muy dañado por las lesiones de Iván Azón y Mollejo, lastrado por la terrorífica inversión en Gueye y deprimido y falto de confianza desde el punto de vista anímico. A Fran Escribá, que enderezó de manera muy sensata el rumbo a su llegada, siendo sobre todo cabal, se le ha desbocado el caballo y ha perdido su control en algunos partidos. En La Rosaleda lanzó varios dardos verbales tras la derrota. Antes, su alineación titular no hubo por donde cogerla, aunque en su descargo hay que decir que lo que no hay por donde cogerlo es a un buen número de jugadores.

Sea como fuere, el primer proyecto de Mas y compañía atraviesa en pleno febrero un momento de profundo riesgo, producto de una concatenación de decisiones mal tomadas en verano que han provocado que la situación sea ahora mismo muy comprometida. Antes de su llegada, la nueva propiedad trazó una hoja de ruta perfectamente diseñada y basada en dos pilares principales.

El primero, la construcción de un estadio moderno y sus alrededores, el motor que propulsa a este grupo y sobre el que aspira a rentabilizar la importante inversión realizada y levantar el futuro. Esa voluntad quedó bien atada antes de su aterrizaje. Y el segundo, el ascenso a Primera División, la otra pata fundamental para hacer viable el proyecto y darle sentido al estadio, que sin ninguna duda la ciudad necesita ante la decrepitud de La Romareda y como elemento icónico y polo de atracción deportivo, económico y social. Por cierto, tanto como lo necesitaba cuando otros proyectos fueron dinamitados sin pudor alguno por los mismos intereses que ahora lo alientan.

Aparentemente, el primero de los cimientos no peligra. El proyecto del estadio ha cogido velocidad política y va dando pasos al frente incluso con las elecciones en el horizonte. Sin embargo, el segundo ha fallado en la primera tentativa. El equipo está ahora mismo en otra pelea: responsabilizarse al máximo, tomar plena conciencia de los riesgos de esta coyuntura y evitar a toda costa una catástrofe deportiva de dimensiones históricas que dejaría temblando a la gallina de los huevos de oro y sumiría al club, al de los casi 91 años, en una incertidumbre muy indeseable.

Suscríbete para seguir leyendo