La 29ª jornada de Segunda

Lo que hay que aguantar. La contracrónica del Real Zaragoza-Burgos

La resignación se apodera de una Romareda consciente de que su equipo no da para más. El Zaragoza recupera, al menos, la portería a cero pero la manta no quita el frío

Zapater salta junto a Mumo por un balón.

Zapater salta junto a Mumo por un balón. / JAIME GALINDO

Jorge Oto

Jorge Oto

Esto es lo que hay. Lo mejor es que falta un punto menos y que ya se ha arrancado otra página a un calendario que amenaza con convertir el resto de la temporada, en el mejor de los casos, en un calvario. El Real Zaragoza está, seguramente, algo más cerca de la permanencia, el único objetivo posible para una escuadra pobre pero honrada. O viceversa, según se mire. Así lo entiende ya una afición consciente de que su equipo no da para más. Por eso no clama al cielo por algo que no habría consentido en la vida de no ser porque sabe que debe resistir, resignarse, apretar los puños y morderse la lengua. Eso, señores, también es inteligencia.

Esto es lo que hay. Jamás cinco palabras dijeron tanto. Se trata de salvarse como sea, acumular los puntos necesarios para salir de esta y volver a creer en que mañana será otro día. A eso han abocado entre unos y otros a un zaragocismo que apenas da rienda suelta ya a la ingente cantidad de desencanto acumulada. Ante el enésimo bodrio, amagó con un lacónico ‘estamos hasta los huevos’ que duró menos que el ‘queremos un tiro a puerta’ con el que decidió transformar su cabreo en sarcasmo, envoltorio de toda esa tristeza e impotencia que provoca asistir a un eterno desfile de mediocridad.

La terapia de grupo, aquella que duró una hora y cuarenta minutos antes del entrenamiento del miércoles, funcionó a medias. El equipo compite como puede y, al menos, rescató la portería a cero después de encajar siete goles en los dos últimos partidos. No es poca cosa si se recuerda la relevancia que el capitán, Alberto Zapater, otorgó a recuperar el cerrojo. A partir de ahí, dijo, habrá que crecer.

Pero la manta de este pobre Zaragoza no le cubre todo el cuerpo. Si se tapa la parte superior, los pies quedan al descubierto. Y hace frío. Mucho frío. Al raso, ya se sabe, el cierzo es criminal. 

La desazón es tal que incluso las escasas buenas noticias quedan reducidas. Debutó Luna como titular y Pau Sans tuvo otro puñado de minutos. La cantera, de nuevo, es la única que provoca medias sonrisas, aplausos y cierta ilusión en que, realmente, lo mejor está por venir, tal y como proclamaba el lema elegido por el club en la pasada campaña de abonos aprovechando la llegada de la nueva propiedad.

El zaragocismo hace tiempo que ha dejado de creer en promesas vacías. Ha aprendido a fiarse poco y a desconfiar más. Hace tiempo que lo suyo no es vida. Malvive. O sobrevive. Los recuerdos le aferran a lo que un día fue y le sostiene la esperanza en que el invierno pasará y volverá a salir el sol. Resignación al poder. Tragar y resistir. Poner la garganta, el corazón y el alma entera al servicio del club que le da la vida. Y se la quita también. Por eso, aquel «no vamos a descender» de Escribá no abriga. Como la manta rancia que cubre a un Zaragoza congelado que no entra en calor ni a base de abrazos. 

Esto es lo que hay. Un punto más. Un partido menos. Vivir para ver. Soñar con que algún día obtendrá la merecida recompensa a su promesa de amor eterno. Lo que hay que aguantar.