Sellés se pierde: los pecados del entrenador del Real Zaragoza
Bajo una supuesta mejoría delatada por los resultados, la decisión de unir la inercia perdedora del técnico (11 derrotas en sus 14 últimos partidos de Liga) a la del equipo no ha hecho sino acelerar, de momento, una caída sustentada sobre empecinamientos temerarios y excusas cuestionables

Sellés, antes del partido del pasado domingo en Granada. / Carlos Gil-Roig

No parecía Rubén Sellés el más indicado para revertir una de las situaciones más delicadas en la historia del Real Zaragoza. La inexperiencia del técnico valenciano y su desconocimiento de la categoría, del club y de la plantilla envolvieron en dudas su llegada, a lo que el director deportivo Txema Indias añadió una desafortunada explicación, whatsapp del propio técnico incluido, de una elección, por lo menos, sorprendente.
Pero, más allá de todo eso, quizá lo más incongruente fue recurrir a un técnico marcado por una diáfana inercia perdedora cuando se requería justo lo contrario. El Zaragoza, otro perdedor implacable que había caído derrotado en cuatro de sus cinco últimos encuentros, se entregaba a un supuesto líder que venía de ser destituido en Inglaterra tras perder los seis primeros encuentros (cinco de Liga y uno de Copa). No parecía la figura idónea para aportar ese aire fresco y espíritu ganador que precisaba una plantilla triste en todos los sentidos, pero "estamos convencidos de esta apuesta, con Rubén Sellés vamos a salir de esta situación", coincidieron Indias y el director general Fernando López en la presentación del técnico.
Escudado en una cuestionable mejoría y una manida competitividad desmentidas por los resultados (un equipo perdedor nunca es competitivo), Sellés colecciona hasta ahora despropósitos en el campo y en el discurso. El beneficio de la duda y la pertinente concesión del plazo dispuesto a los nuevos se esfuman tan deprisa como la vida de un Zaragoza al que cogió a cinco puntos de la salvación y que ya está a nueve tras haberlo, también aquí, perdido todo lo jugado en Liga. 11 derrotas en los 14 últimos encuentros acumula ya Sellés entre su fase final en el Hull City, la breve estancia en el Sheffield y las tres caídas de bruces al mando de un equipo aragonés que, asegura, “no me preocupa porque los veo trabajar”, como afirmó al término del encuentro en Granada. En esa misma comparecencia pública lamentó haber marcado demasiado pronto, como había advertido en Gijón que la expulsión de un rival todavía en la primera parte no hizo sino complicar las cosas. Excusas baratas para justificar la ineptitud de un equipo y un entrenador incapaces de momento de sacar provecho incluso cuando el fútbol lo pone todo de cara con superioridad numérica o en el marcador, y atrevidos hasta el punto de convertir esas ventajas cruciales en algo contraproducente. Pura mediocridad.
La estancia de Sellés en el banquillo no ha hecho sino confirmar ese sospechado desconocimiento del Zaragoza y de la competición. No puede ser de otro modo ante decisiones tan incomprensibles como la insistencia de Guti, un futbolista que no está para jugar, en la mediapunta como fórmula para combatir el peor caudal ofensivo en toda la historia del club, o incidir en Soberón como único delantero cuando su perfil le convierte en el menos indicado para ello. O renunciar a cambios en el descanso a pesar de ser zarandeado por el Granada en una primera parte ridícula de los aragoneses. O el colmo de elegir a Bakis, en cuya llegada fue clave el intermediario Pepe Monar, que es el agente de Sellés, aunque no del ariete turco, como primer recurso en busca de la remontada por delante de Dani Gómez, Bazdar o Kodro, relegados todos ellos al cierto ostracismo en mayor o menor medida. Cualquiera de estas decisiones habría sido suficiente para costarle el puesto a un entrenador del Zaragoza en una época menos convulsa y dramática que la actual. Y con unos dirigentes capaces. O, al menos, serios y a la altura de la entidad a la que representan. Ahí, en esa propiedad tan lejana y distante como indigna del escudo que lucen en la solapa, reside la raíz de todos los males.
Porque no es Sellés, seguramente, el problema principal de un club podrido por todos los lados, pero tampoco está siendo, ni de lejos, la solución, lo que se antoja igual de peligroso. Su aceptable planteamiento inicial de los partidos contrasta con una nefasta gestión y lectura de los mismos. No solo en cuanto a la elección de futbolistas, entre los que destaca su apuesta por laterales experimentados a pesar de su bajo nivel o la insistencia, alterada al fin en Granada, de ubicar a Pau Sans en la derecha y a Valery en la izquierda a pesar de que el mejor rendimiento de ambos reside en el lado opuesto, sino también en aspectos tácticos como la cuestionable localización, situación y temporización de la línea de presión o la elección de alturas en la medular, entre otras cuestiones como la nula progresión a balón parado, tanto en ataque como en defensa. La amenaza del Zaragoza, con un marcado déficit congénito para hacer daño en el juego en estático y con serias dificultades para ejecutar las transiciones, se centra casi en exclusiva a través del robo tras presión alta, algo que apenas se explota. Prima el repliegue, la basculación, las dos líneas de cuatro juntas en bloque medio y el paso atrás, lo que, unido a unos defensas lentos y una alarmante falta de calidad (técnica y física), no hacen sino restar competitividad al Zaragoza por mucho que su entrenador, que solo ha ganado uno de esos 14 últimos partidos de Liga que ha dirigido, se empeñe en sostener lo contrario.
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