La opinión de Sergio Pérez
El prodigioso obús de Martín Aguirregabiria y el arrebato de furia del Real Zaragoza de Rubén Sellés
El Real Zaragoza ganó el derbi gracias a la energía con la que saltó al campo, muy superior a la del Huesca. A eso y a un gol para el recuerdo

Martín Aguirregabiria celebra su golazo con Keidi Bare, Mario Soberón y Guti. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

Un derbi, un partido de rivalidad regional, un encuentro de la trascendencia del que se disputó este domingo en el Ibercaja Estadio hay que jugarlo con la cabeza y con el corazón. El Real Zaragoza interpretó perfectamente qué tenía delante, cómo de importante era la noche y de qué manera debía afrontarla.
El equipo de Rubén Sellés saltó al césped con las revoluciones altas, mucha energía y un claro objetivo: marcar territorio en los primeros minutos inclinando el juego hacia la portería del Huesca con vigor físico, presión en campo contrario, empuje, actividad de piernas y una muy buena actitud que, emocionalmente, empezara a decantar el derbi de las penurias, los dos en descenso a las 21.00 horas, uno colista, el otro cuarto por atrás.
Fue así como consiguió el objetivo: llevando el balón al área del Huesca o a sus cercanías, ‘where amazing happens’, donde pueden ocurrir las cosas más increíbles. Primero avisó Kodro tras un saque de esquina en el que buscó el espacio dando dos pasos atrás. Le cayó el balón y la empaló con la zurda. Su disparo tocó en un contrario y se fue fuera.
En el minuto 11, el ímpetu y el arrebato de furia con el que el Real Zaragoza había saltado al campo tuvieron premio. El premio gordo. Después de un saque de banda, la pelota se le apareció a Martín Aguirregabiria tras un despeje de cabeza de Íñigo Piña. Lo que sucedió después fue prodigioso. El lateral derecho ejecutó el golpeo perfecto, en el momento ideal, con la superficie adecuada y con el mejor tacto posible. El balón venía botando y salió disparado como un obús hacia la portería del Huesca. Se coló por la escuadra. El vuelo de Dani Jiménez fue en balde. Aguirregabiria se había quedado a gusto. Un gol de bandera con el que se resarció de su mal encuentro en Granada, donde Faye le dio la tarde.
Rubén Sellés se había presentado en el partido de manera revolucionaria. Las derrotas siempre generan víctimas y la acumulación de derrotas, todavía más. El entrenador llevaba tres en otros tantos partidos, la última bastante fea hace una semana. De aquel 3-1, con una primera parte para el olvido a pesar de tomar pronto ventaja en el marcador, hubo paganos: Adri Rodríguez en la portería, Ale Gomes en el centro de la defensa, Toni Moya en el medio y Pau Sans y Sebas Moyano en los extremos. A jugar, Andrada, Radovanovic, Keidi Bare, Valery y Kodro.
Sellés formó con dos puntas y retrasó a Raúl Guti a una zona más natural para él. Junto con Keidi contuvieron bien el centro del campo ante un Huesca de perfil muy bajo y con poco mordiente, triste y sin ritmo. Kodro estuvo participativo arriba tocando balones y apareciendo de manera constante. Radovanovic estuvo voluntarioso en su reaparición hasta que fue expulsado por medir mal y con exceso de fuerza ante Ntamack. Esteban Andrada dio lo que se espera de él desde el inicio de Liga: calmado por arriba y contundente por abajo, especialmente en un disparo de Portillo en el minuto 68.
Al Real Zaragoza se le hizo largo el partido y, a ratos, se arremolinó. Al desplegarse, en algunas acciones le costó correr hacia atrás y perdió el paso. Fueron los únicos momentos del Huesca en toda la noche. Sellés intervino metiendo a Saidu por Bare. Luego dobló el lateral izquierdo con Tasende y Pomares e introdujo a Bakis en el campo, señal inequívoca de personalidad. El Zaragoza resistió y convirtió el obús de Aguirregabiria en un triunfo con una relevancia extraordinaria. Sellés ganó claramente la partida a Bolo y, a los ojos de todos, también credibilidad. La victoria era trascendental para el club después de seis derrotas consecutivas. Y para él. Con uno menos, el Ibercaja Estadio se comportó como La Romareda y mantuvo vivo a su equipo. Los tres puntos son un canto a la esperanza, un salvavidas al que agarrarse con fuerza para seguir creyendo que la permanencia es posible.
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