Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Real Zaragoza

El Real Zaragoza-Huesca, visto desde la grada del Ibercaja Estadio: ¡Sí se puede!

Al contrario que el ambiente enrarecido del día de la protesta, el zaragocismo entendió que el derbi era una cuestión de supervivencia y animo a muerte a un equipo que, con su fulgurante inicio, enganchó a una afición que sufrió de lo lindo en la segunda parte

La afición zaragocista, celebrando el único gol del derbi

La afición zaragocista, celebrando el único gol del derbi / Real Zaragoza

Arturo Pola

Arturo Pola

Zaragoza

Ganar o ganar. No tenía otra opción el Real Zaragoza y eso es lo que hizo. No sin sufrimientos porque este equipo, obviamente, no está para florituras. Bien lo saben sus fieles, que hicieron que, por primera vez desde su inauguración, el Ibercaja Estadio se pareciera, aunque fuera un poco y salvando las evidentes distancias, a la añorada vieja Romareda.

Al contrario de lo que sucedió en el último encuentro que se disputó en el Parking Norte, cuando hubo una concentración de protesta, esta vez los zaragocistas se plantaron allí convencidos de que tenían que animar a muerte a su equipo porque, precisamente, el partido ante el Huesca era una cuestión de supervivencia.

Eso sí, quizá fue el derbi menos derbi que se recuerda. Porque cuando las cosas van bien da tiempo a desviar tu atención y fijarse en el momento que vive el rival y, en algunos casos, hasta a alegrarte de sus desgracias. Ese no es el caso de ninguno de los dos equipos aragoneses ahora mismo (en especial del Real Zaragoza) y, por ello, bastante tienen los sufridores aficionados al fútbol de la comunidad como para encima preocuparse de hacer leña del árbol caído o de mirar por encima del hombro al vecino. La sensación entre las aficiones antes del duelo era más de compasión y empatía entre unos y otros que otra cosa.

Porque en realidad al Zaragoza le daba igual que enfrente esté el Huesca que cualquier otro de los 20 equipos de Segunda. La victoria era una obligación para alimentar la esperanza de una salvación que hoy está un poco más cerca. «O sacamos hoy los tres puntos o estamos muertos», decía Román, abonado zaragocista. Y es que ese es el sentir generalizado que se respiraba en el Ibercaja Estadio. Mucha tensión, muchos nervios y…mucho miedo. Es raro jugar una final en noviembre, pero más caótico es lo que está viviendo el Real Zaragoza. Por eso el Ibercaja Estadio, donde hubo récord de asistencia con 16. 078 espectadores, vivió el día más intenso de su corta historia. Bastante presión había ya como para pensar en rivalidades. «Si el Zaragoza se salva como si el Huesca gana la Champions», subrayaba Juan Carlos justo antes de que el árbitro diera comienzo al choque.

Conexión

Antes, la bandera de Aragón, el tifo y los cientos de globos blancos y azules ponían la nota de color en el derbi de las penurias. Necesitaba la grada un inicio eléctrico e intenso para conectar con su rápidamente con su equipo y que el ambiente no se enquistara y, por una vez, el Real Zaragoza se lo ofreció. Apretaban los de Sellés y apretaba el Ibercaja Estadio. Con un par de córners y un par de acercamientos, el zaragocismo se volcó con los suyos. Qué poco necesita esta gente.

El buen arranque se tornó en orgásmico cuando Aguirregabiria metió el gol del todos. El que ansiaban los zaragocistas allí presenten, los del césped y los que lo gritaron desde sus asientos como si fuera el tanto que da una Copa. El 1-0 alivió al Ibercaja Estadio, que vivió entonces los momentos más felices de toda la temporada., aunque nadie lanzaba las campanas al vuelo.

El segundo tramo de la primera mitad fue el momento más tranquilo de los 90 minutos. El Huesca no asomaba demasiado por los dominios de Andrada y el Zaragoza estaba bien plantado sobre el césped. Desde muy cerca del verde vio el partido Alberto Zapater, sufriendo entre familia y amigos como si fuera un simple aficionado más en el feudo zaragocista.

Sus nervios eran los de todos en una segunda parte angustiosa. Los de Sellés comenzaron a acularse y las dudas y el miedo volvieron a la grada. La afición se desesperaba y le pedía a gritos al técnico valenciano que cambiara algo. Por fortuna, lo que no cambió fue el marcador y entonces el clásico Zaragoza nunca se rinde retumbó en todo el estadio. Poderse se puede, y ahora se cree mucho más en la todavía lejana salvación.

Tracking Pixel Contents