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La opinión de Sergio Pérez

El día que Rubén Sellés se ganó al zaragocismo, el gigante Andrada y el arbitraje calamitoso de Fuentes Molina

El Zaragoza vuelve a estar vivo. Y tiene entrenador. Un entrenador que se ganó definitivamente al zaragocismo

Mario Soberón celebra el 1-1 del Real Zaragoza en Ipurua.

Mario Soberón celebra el 1-1 del Real Zaragoza en Ipurua. / CARLOS GIL-ROIG

Sergio Pérez

Sergio Pérez

Zaragoza

El Real Zaragoza había acudido al partido con la baja de última hora de Samed Bazdar, que regresó con unas molestias de los partidos con Bosnia. Poco antes de empezar, Dani Gómez se quedó fuera de la convocatoria en Ipurua por dolores en un pie. Como a perro flaco todo son pulgas, Insua engordó la lista de desgracias y cayó lesionado en combate en el minuto 18 del encuentro. El marcador señalaba 0-0.

En plena decimoquinta jornada de Liga, con todo lo que hay en juego, Rubén Sellés se vio obligado a formar con una pareja de centrales integrada por Ale Gomes, que suplió a Insua, y Saidu, cuyo arranque de encuentro había sido horroroso. Desde luego, el técnico no tiene responsabilidad alguna en que algo así esté sucediendo: la configuración de la posición de central en el pasado mercado de verano fue catastrófica y, salta a la vista, insuficiente en número. Siempre ha faltado otra pieza. A Txema Indias se le olvidó completar la posición con otro central más. Kosa era inservible desde el primer minuto y entre los fichajes había sospechosos habituales de los problemas físicos.

Al poco de que Insua se marchara del terreno de juego con la cabeza gacha, Andrada le paró un penalti a Jon Bautista tras una mano de Valery. El portero argentino estuvo colosal. Hizo la portería pequeña toda la tarde con su extraordinaria envergadura. En esa acción y en muchas más posteriores. Los seis minutos que transcurrieron del 18 al 24 fueron de locura: en el 22, el Zaragoza recibió el 1-0 en el córner posterior al penalti. Nolaskoain remató completamente solo. Una vez más estuvo muy mal defendido. Ya había ocurrido en Gijón, donde penalizó con la derrota.

Fue ahí cuando Fuentes Molina, el desafortunadísimo árbitro de la tarde, se convirtió en el principal protagonista del encuentro, un actor de serie B con el timón de la película. En un abrir y cerrar de ojos, el colegiado expulsó a Saidu por doble amarilla en una acción en la que el ghanés rebañó el balón e indultó a Cubero al perdonarle la segunda tarjeta tras cometer un penalti tan claro como el de Valery en el otro área. Fueron dos situaciones que condicionaron totalmente la actuación visitante y el guion del choque.

Contra todos, contra las erráticas decisiones del pasado verano en materia de contratación, contra la tarde aciaga del colegiado y contra los elementos, el Real Zaragoza se sujetó en el partido con mucha personalidad. Soberón lo igualó desde los once metros y el equipo estuvo valiente en lo que quedaba de primera mitad, presionando arriba en inferioridad cuando fue menester para reducir los espacios del rival o muy recogido cuando fue necesario.

A la vuelta de los vestuarios, el Real Zaragoza supo sufrir. El Eibar pudo marcar en varias ocasiones, pero no acertó. El equipo se dejó el alma, se sobrepuso a Fuentes Molina y estuvo siempre ordenado en torno al gigante Andrada, uno de los grandes héroes de la tarde. El técnico fue eligiendo las piezas de repuesto con mucha precisión y formó una tela de araña en la que el Eibar quedó atrapado. Cuando se escabulló tuvo el punto de mira desenfocado. En una de las escasas veces que el Zaragoza pudo estirarse, Toni Moya disparó y su golpeo rozó en Bakis. Fue el gol de la victoria. Estalló el júbilo. La manera de celebrarlo del banquillo con los jugadores de campo habla de que el equipo quiere y cree.

Además, ahora cuenta con un técnico preparado (matiz importante) al que le costó arrancar la máquina, que vivió unos días de incertidumbre por la sucesión de derrotas y el peligro que ello siempre conlleva, pero que ha conseguido imprimirle su sello y su identidad al equipo y lo ha mejorado tácticamente. Como este sábado en Ipurua con Fuentes Molina, Sellés lo ha hecho contra todo y contra todos. Contra su propio inicio y contra multitud de prejuicios. La consecuencia, lo que se ve: dos victorias en los dos últimos partidos. El Zaragoza vuelve a estar vivo. Y tiene entrenador. Un entrenador que en Eibar se ganó definitivamente al zaragocismo.

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