El Real Zaragoza ha vuelto: la crónica del SD Eibar-Real Zaragoza (1-2)
El equipo aragonés se sobrepone a una infinidad de desgracias y a un calamitoso arbitraje para firmar una épica remontada donde nadie había ganado hasta ahora a pesar de jugar con diez durante 80 minutos

Carlos Gil-Roig

Hace nada, el Real Zaragoza perdía siempre. Incluso en superioridad numérica durante una hora. Era el equipo aragonés un muerto en vida que desprendía un hedor insoportable. Un alma en pena en el que nadie creía y al que todos lloraban por no tener remedio. Pero todo eso ha cambiado. Lo que sucedió este sábado en Eibar se recordará durante mucho tiempo. Llámenle épica si lo desean. O gesta. O hazaña. Pero cualquier término se quedará corto para calificar lo que el Zaragoza fue capaz de hacer donde nadie había ganado hasta ahora. No solo aguantó como un jabato, es que luchó como un león contra viento, marea, un arbitraje calamitoso que hizo todo lo posible para que muriera desangrado y un sinfín de desgracias que, lejos de derrotarlo, le hicieron más fuerte. Ganó el Zaragoza porque fue solidario, valiente, aguerrido y, sobre todo, extremadamente competitivo. A eso ha llegado bajo la batuta de un entrenador al que convendría otorgar el mérito correspondiente. Su lección táctica en Ipurua, sobre todo ordenando un sistema sobre tres centrales al final que acabó de desquiciar al Eibar, fue tan determinante como la encomiable actitud de unos futbolistas que, ahora sí, son dignos del escudo. Nobleza y valor al fin. El Real Zaragoza, señoras y señores, ha vuelto. Y con él la esperanza.
El crecimiento es evidente. En seis minutos, el Zaragoza sufrió tantas desgracias a la vez que todo parecía perdido. En ese corto espacio de tiempo, perdió a sus dos centrales, uno por lesión y otro por una expulsión injusta porque Saidu dio al balón al tratar de frenar el avance de Martón. Pero es que, apenas un par de minutos antes, el Eibar se había adelantado justo en la jugada posterior a que un Andrada estelar le negara un penalti a Bautista. Pero ni el tanto de Peru, aprovechando un desajuste defensivo que le dejó solo, ni la anterior lesión de Insua ni la expulsión de Saidu descompusieron más allá de cinco minutos a un Zaragoza sujetado por un portero espectacular que evitó el segundo tanto local a sendos remates de Sergio y Peru. El Zaragoza seguía vivo, aunque nadie daba un duro por él.
Pero entonces llegó el error de Cubero, que desvió con la mano un centro al área que debió costarle la segunda amarilla. Sin embargo, Fuentes Molina no sacó la roja del bolsillo para seguir castigando a un Zaragoza que, con uno menos, devolvía las tablas al marcador cuando Soberón transformaba la pena máxima. Hasta el descanso, Arbilla y Martón, este en dos ocasiones, volvieron a estellarse en la colosal figura de un Andrada gigantesco, líder del ejercicio de resistencia del Zaragoza.
Beñat, listo él, sacó del campo en el descanso a Cubero como parte de un triple cambio destinado a buscar las bandas y la superioridad desde ellas como camino más corto hacia la victoria ante un Zaragoza que seguía con los mismos, incluido un eje de la zaga integrado por un chaval de 17 años (Gomes) y un lateral reconvertido (Pomares).
El clamoroso error de Alkain, solo a apenas dos metros de la línea de gol, parecía advertir al Eibar del peligro del exceso de confianza. Andrada, a lo suyo, daba continuidad a su recital amargando la tarde a Martón, con paradas de mérito y otras más afortunadas pero también envueltas en reflejos. El Eibar se desquiciaba al mismo ritmo que crecía la fe de un Zaragoza honrado, solidario y noble.
Pero el desgaste comenzaba a hacer mella y se convertía en el gran adversario de un equipo aragonés que aguantaba en pie pero que empezaba a tambalearse. Fue entonces cuando, mediado el segundo periodo, llegó el movimiento clave de Sellés, que dispuso una defensa con tres centrales con la incorporación de Juan Sebastián. Dos laterales y un crío para sostener al equipo y liderar la épica resistencia de un Zaragoza renacido de sus cenizas que obtuvo la mejor recompensa posible a su emocionante ejercicio de competitividad. En su único acercamiento, Moya aprovechó el mal despeje de Peru tras centro de Francho para mandar el balón, que golpeó antes en Bakis, a la red para desatar la locura y abocar al Eibar a un ataque incesante a la desesperada.
Pero Andrada no estaba dispuesto a permitir que alguien frustrase su salida a hombros de Ipurua. Garrido y Bautista le atacaron desde todos los lados, pero el argentino respondió con la misma grandeza expuesta durante una tarde que se recordará durante mucho tiempo como el día en que volvió el Real Zaragoza.
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