A sus órdenes, mi capitán: La contracrónica del Real Zaragoza-CD Leganés
«Esta es la mierda de todos», dijo un destrozado Francho tras la debacle en Granada. Su descomunal partido ante el Leganés, con participación decisiva en los tres goles, subraya que merece la pena llorar por el Zaragoza.

Francho celebra su gol con Kodro. / MIGUEL ANGEL GRACIA

«Esta es la mierda de todos». Hace tres semanas, Francho Serrano daba la cara, como siempre, tras la bochornosa derrota del Real Zaragoza en Granada. Destrozado, el capitán pedía perdón por enésima vez a una afición entregada a su suerte sin nada a lo que agarrarse. Francho, zaragocista de esos que conciben la vida en torno a su equipo del alma, se mantenía en pie de aquellas maneras para intentar trasladar a su gente cierta esperanza. Lo sentía en el alma el canterano para el que el Zaragoza es exactamente lo mismo que para usted que anda leyendo esto ahora: pasión, veneno, locura, amor verdadero.
Es consciente Francho de que ese brazalete sagrado que luce orgulloso cada semana en el brazo izquierdo y con el que llevaba soñando toda su vida, también exige ciertas obligaciones, entre ellas la de salir a la palestra en las malas, que últimamente era casi siempre. O, como todo buen capitán, ordenar a la tripulación no abandonar la nave aunque vaya a la deriva por culpa, principalmente, de aprendices en el manejo del timón que confundieron a todo el mundo hasta naufragar. Por eso, el capitán se secó otra vez las lágrimas del rostro, se ajustó el uniforme y tiró de galones para seguir a su superior, que en el primer entrenamiento tras la debacle en Granada y a cinco días del derbi, lideró aquella conjura en el velatorio que resucitó al muerto. «Yo soy el primer convencido, el capitán de este barco y el primero que piensa que esto va a salir hacia delante», dijo Francho a modo de orden.
Desde entonces, el aragonés no ha hecho sino ganar batallas. Huesca, Eibar y Leganés han ido hincando la rodilla ante un batallón con la nobleza y el valor por bandera. Y con un capitán ejemplo de compromiso. En los tres goles participó el canterano. Dio el primero a Kodro, provocó la falta que Moya convirtió en el segundo y marcó el tercero para hacer de la salvación del Real Zaragoza, su Real Zaragoza, algo casi personal para un futbolista que concibe su profesión como entrega sin límites. En cuerpo y alma. Corazón y cabeza. El Zaragoza como forma de vida. Por eso, no puede dejarlo morir.
Esta vez, Francho también fue el señalado para dirigirse a la gente, su gente. Ahora, una sonrisa inundaba un rostro demacrado no ya por los disgustos sino por el colosal desgaste acumulado a lo largo de casi dos horas de sacrificio y trabajo descomunal. Aún no tiene 25 años, pero acumula experiencias que muchos desconocen incluso cuando se retiran. El Zaragoza, en el que lleva toda su vida, está sufriendo y sabe que, en parte, también es responsabilidad suya. De ahí aquello de «esta mierda es de todos», una arenga que, ante todo, pretendía implicar a todos y, sobre todo, desterrar cualquier atisbo de idea asociada a afrontar el resto del curso con la bandera blanca junto a las espinilleras. Porque Francho, como Sellés, quizá sabían que esto iba a suceder y que el Zaragoza iba a resurgir para aferrarse a la vida como ese león que deslumbra en el escudo más bonito del fútbol mundial. Al capitán y a su superior, al que promete entrega y fidelidad eterna, pertenece una victoria que demuestra a extraños, y sobre todo a propios, que merece la pena llorar por el Zaragoza.
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