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La opinión de Sergio Pérez

Los golpes de personalidad de Rubén Sellés en el Real Zaragoza y los jugadores que se parten la cara por él

A Sellés a punto estuvo de irle muy mal. Insistió en su plan y ha revivido al equipo con las ideas muy claras

Rubén Sellés, en la banda del Ibercaja Estadio en el partido ante el Leganés.

Rubén Sellés, en la banda del Ibercaja Estadio en el partido ante el Leganés. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

Sergio Pérez

Sergio Pérez

Zaragoza

Por el momento, que habrá más porque la Segunda División siempre es una montaña rusa de emociones y de vaivenes futbolísticos, la temporada del Real Zaragoza ha tenido dos momentos claves. El primero fue la decisión de la SAD de continuar con Gabi Fernández de entrenador después de que el madrileño consiguiera una muy meritoria permanencia la campaña pasada, totalmente atribuible a su desempeño, a base de una fórmula acertada: provocar un fuerte impacto emocional en la plantilla, que es lo que hacía falta en ese contexto.

Al Real Zaragoza le pudo su compromiso no escrito con Gabi y la dimensión de la operación: Adrián Liso iba a acabar cedido en el Getafe perdiendo el gobierno de su futuro al incorporar en el pacto por el entrenador una opción de compra voluntaria por el canterano a favor del club madrileño de tres millones de euros por el 50% del pase. Pero la continuidad de Gabi fue un error. El excapitán le puso voluntad pero chocó contra sí mismo: simplemente todavía no estaba preparado para algo así. En el futuro nadie lo sabe, ahora mismo no.

El segundo momento determinante de la temporada fue la contratación de Rubén Sellés como sustituto de Gabi después del partido de transición de Emilio Larraz, un día en el que salió mal todo lo que podía salir mal. Como ocurre en lugares como Zaragoza, plaza de larguísima tradición futbolística, enorme pasión y amplios debates públicos, la decisión resultó controvertida.

Es algo que siempre ha sucedido y que se ha acrecentado en estos tiempos de frivolidad, ligereza y poca profundidad. Lo que se esperaba era otra cosa, fruto de la nostalgia mal entendida. Sin que Txema Indias estuviera del todo convencido por lo que él mismo dijo en la presentación del valenciano, donde aludió a una decisión colectiva, la cuestión es que el Real Zaragoza se la jugó con un entrenador joven, presuntamente preparado para estos tiempos y con experiencia en situaciones traumáticas en el fútbol inglés, algunas salvadas con éxito y otras culminadas con fracasos.

A la ciudad llegó después de seis derrotas consecutivas en el Sheffield United, a las que unieron otras tres en sus tres primeros partidos, la última, la de Granada, realmente fea. Sin embargo, en las dos primeras, en Gijón y ante el Deportivo, el equipo había enseñado cosas y su intervencionismo se había notado con una mejoría visible sin resultados.

Los triunfos han empezado a llegar. Primero, contra el Huesca, el inicio de todo. Después con el meritorio ejercicio de resistencia de Eibar. Y este domingo con la apabullante victoria ante el Leganés. Sellés ha hecho algo realmente complejo: convertir al Zaragoza en un equipo muy vivo cuando estaba casi muerto. Y lo ha hecho con golpes fuertes de personalidad.

Cuando peor le venían dadas, tres derrotas seguidas, colista a nueve puntos de la salvación, el técnico insistió en su idea y no se dejó influenciar. Mantuvo la apuesta por los hombres que creía más adecuados, ajustó piezas (como Guti, Francho, Soberón o Kodro, todos más cómodos ahora en sus roles actuales: en el medio, de interior diestro, por detrás del punta y arriba de referencia), creyó en imposibles como Bakis y, sobre todas las cosas, continuó separando el grano de la paja a su manera en el vestuario.

Su manera es que solo cuenta con los jugadores que estén totalmente implicados en la causa y que se partan la cara por él. Esta jornada dejó fuera de la convocatoria a Bazdar y Dani Gómez, una decisión de hombre poderoso con carácter fuerte. Durante el partido ante el Leganés, el entrenador también metió antes a Terrer que a Akouokou. A Sellés a punto estuvo de irle muy mal. Percutió en su plan y en sus ideas, ejecutadas todas con una asombrosa tranquilidad y poniendo el foco siempre en el mismo punto: el fútbol. Ahora le va muy bien. Los jugadores creen en él, la afición ha convertido el ateísmo en fe y el Real Zaragoza cuenta, por fin, con un entrenador preparado.

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