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Ni una a derechas. La contracrónica del Real Zaragoza-Cádiz

Las lesiones de Francho y Aguirregabiria fueron un lastre demasiado pesado para un Zaragoza que nunca se repuso. Y cuando parecía sanar, llegó la autolesión de Rado

Radovanovic se lamenta tras fallar una clara ocasión antes del primer gol del Cádiz.

Radovanovic se lamenta tras fallar una clara ocasión antes del primer gol del Cádiz. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

La resurrección del Real Zaragoza se había sustentado sobre factores clave, entre ellos, una asociación en banda derecha que había convertido ese flanco en su lado bueno. Aguirregabiria y Francho aseguraban sangre, energía, piernas y repetición de esfuerzos, además de sobriedad defensiva en una zona en la que el capitán encajaba como un guante, como tercer centrocampista, interior, extremo, lateral y lo que hiciera falta.

La sorprendente alianza hacía más fuerte a un Zaragoza que, de repente, perdió a los dos. Uno, Francho, se quedó fuera por unas molestias en la rodilla que le impidieron participar. El otro, Aguirregabiria, apenas duró cinco minutos en el campo tras un pinchazo en la parte posterior del muslo que amenaza con dejarle fuera varias semanas. El doble varapalo dejó grogui al Zaragoza, al que la cojera le provocó una gangrena letal.

El doble varapalo dejó grogui al Zaragoza, al que la cojera le provocó una gangrena letal

Se quedaba Sellés, de golpe y porrazo, sin esa pata sobre la que se apoyaba todo el equipo. Salió Juan Sebastián para completar el costado con Moyano, pero no es lo mismo. Ni de lejos. El extremo perdió la mejor ocasión para reivindicarse y se perdió en su intrascendencia y el canterano solo puso voluntad y poco más. Por ahí se desangró un Zaragoza que permaneció demasiado tiempo lamentando su mala fortuna. En concreto, todo un primer periodo que fue de lo peor del curso.

Ajustó Sellés tras el descanso, cuando el Zaragoza parecía secarse las lágrimas. Pero la herida en ese costado sangraba demasiado. Solo cuando el técnico dispuso una defensa con tres centrales y dos carrileros, el Zaragoza pareció tener algo de sentido.

Pero justo cuando mejor estaba llegó el minuto fatídico. Radovanovic falló un gol cantado de esos que no se pueden fallar, sobre todo, cuando la soga aprieta tanto. Y, acto seguido, cometió un error aún peor al meter la pata donde nunca debe meterse: en el área pequeña para marcar en su propia portería lo que no había sabido hacer segundos antes en la ajena. El peor día del serbio hundía en la miseria a su equipo en el peor momento, en el peor día posible.

El arranque posterior de orgullo fue insuficiente. El Zaragoza pudo empatar pero siempre desde el desorden, el caos y sin un plan claro. No quedaba otra, en todo caso, cuando la desventaja aumentó a dos goles. Fue entonces cuando, desde ese sistema con tres centrales, con tres centrocampistas y dos delanteros, llegó a poner cerco al marco del Cádiz, pero había perdido demasiado tiempo. La hemorragia le había hecho perder demasiada sangre, esa que empezó a emanar antes incluso de que empezara a rodar el balón, cuando Francho no aparecía en la alineación inicial. La baja del capitán era lo peor que le podía pasar al Zaragoza. Y, seguramente, la de Aguirregabiria, uno de sus efectivos más en forma, la segunda. Sin ellos, el Zaragoza no fue el mismo sino peor, mucho peor.

No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde. Sellés tenía un equipo A sujeto solo a pequeñas variaciones casi siempre obligadas. Esta vez, sin el portero, el lateral diestro y el capitán, la acumulación de desgracias obligaba a extremar precauciones y minimizar errores. Y Radovanovic cometió dos seguidos. El mal ya no tenía cura.

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