La transformación física del Real Zaragoza: Sellés, el cambio por la fuerza
La brillante gestión del técnico ante el líder subraya una evolución que alcanza a todos los ámbitos pero especialmente al físico

Rubén Sellés, pensativo, durante el partido del sábado en Santander. / Carlos Gil-Roig

"El equipo, tras las tres primeras semanas, después de ser el último de la categoría en cuanto a rendimiento físico, se ha convertido en un equipo físico, por encima de la media de la Liga en casi todos los parámetros", destacó Rubén Sellés al término del encuentro ante el Racing, que hincó la rodilla ante la superioridad de un Real Zaragoza que sometió al líder durante casi todo el encuentro. Solo el colosal desgaste, acentuado por la expulsión de Soberón en el tramo final del duelo, llevó a los aragoneses a un sufrimiento inmerecido que supieron gestionar hasta alcanzar un triunfo tan justo como necesario.
La sorprendente victoria se sustentó, principalmente, sobre una lección táctica de Sellés, que volvió a dejar patente su destreza en los planteamientos. Ante el Racing, el técnico pobló la medular para dificultar la asociación por los pasillos interiores (seguramente, la principal amenaza de los cántabros). Para ello, sacrificó a Soberón y recurrió a Moya como falso mediapunta, tiró del dinamismo de Gomes para ocupar el lateral diestro y de Saidu para aportar velocidad al centro de la defensa. El triple movimiento otorgó energía, piernas, músculo y vigor al Zaragoza, en el que los jóvenes Saidu y Gomes impartieron una lección de fundamentos futbolísticos fuera, por cierto, de su posición natural. Pero ambas reubicaciones tenían sentido como parte de ese “caos organizado” al que suele referirse Sellés.
Si había alguna opción de sorprender al líder, esta pasaba por ser un equipo unido, compacto y muy solidario. Con Tasende (en un gran momento) cerrando junto a los centrales para que Cuenca tapara el costado, el equipo de Sellés derrochó trabajo sin la posesión. El Racing controlaba el balón pero el Zaragoza controlaba el partido. De hecho, el equipo aragonés está más cómodo sin tener que asumir el protagonismo de atacar en estático y se encuentra mucho más a gusto tirando de transiciones. De ahí que le cueste tanto jugar en casa y que sus mejores resultados estén llegando a domicilio, donde es el rival el llamado a tener el esférico.
Pero para aguantar y resistir en el campo del líder, más allá de eficacia y dominio (al fin) de las áreas, se necesita, sobre todo, una gran fortaleza física. Y este Zaragoza de Sellés es, quién lo iba a decir, fuerte como un roble. De hecho, el único daño se lo provocó la autolesión provocada por la expulsión de Soberón, que estuvo a punto de echarlo todo a perder. Pero, a pesar de las numerosas bajas por agotamiento, el equipo aguantó el tipo como un valiente derrochando ese espíritu competitivo al que el técnico hace referencia continuamente. Por fuerza.
Heredó un equipo desarmado, entregado, roto. Casi inerte. Cada disputa era una batalla perdida y cada duelo, una misión casi imposible. El Zaragoza carecía de identidad, personalidad y confianza, pero también de músculo, lo que reducía al mínimo sus posibilidades de victoria. Ahora, en cambio, el Zaragoza ha aparcado ese aspecto enclenque y famélico para mostrarse como un grupo más seguro, pero, sobre todo, más fuerte. De otro modo, nunca habría podido resistir a un líder o a cualquier rival (la gran mayoría de la categoría) que le supera en calidad técnica.
14 de 33
La transformación, pues, es evidente, pero aún insuficiente. Se perdió demasiado terreno, casi tanto como tiempo. Y la progresión del Zaragoza no le ha dado, de momento, para salir de un pozo que le mantiene atado de pies y manos al peligro. La cosecha de puntos de Sellés no impresiona (14 puntos sumados sobre 33 posibles) tanto como la riqueza táctica de un técnico al que, en todo caso, le faltan numerosas piezas. Da la sensación de que el nivel del entrenador está por encima del de una plantilla sujeta con pinzas que requiere de una intervención urgente. Son importantes las llegadas, pero lo son más las salidas de futbolistas que no cuentan porque no quieren, porque no saben o porque no pueden.
Vive el Zaragoza, que no es poco. La victoria en Santander es de esas destinadas a ser un punto de inflexión definitivo. Pero falta mucho camino por recorrer. Demasiado. Aunque el proceso parece el correcto. El equipo es más dinámico, más valiente y más fuerte, lo que le aporta identidad, carácter y personalidad. Contribuye, en todo caso, adelantarse en el marcador y no tirar de remolque, como se pudo comprobar en Santander. Siempre ayuda el viento a favor. Ya hay demasiadas cosas que van en contra.
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