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El 'cante' del Real Zaragoza y Sellés en el peor momento: un gallo tras el recital

El equipo y su técnico completaron ante la Real B una de sus peores actuaciones justo después de una magistral lección ante el líder

Rubén Sellés, instantes antes del inicio del partido ante la Real Sociedad B.

Rubén Sellés, instantes antes del inicio del partido ante la Real Sociedad B. / Jaime Galindo

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Venía el Real Zaragoza de completar en Santander uno de los mejores partidos del curso, si no el mejor. La magistral gestión de Rubén Sellés acabó con el líder, que cayó de bruces en su feudo ante un conjunto aragonés muy superior que ganaba 0-3 a falta de unos pocos minutos aunque acabó sufriendo para vencer (2-3) como consecuencia de la expulsión de Soberón en el 81. Aquella lección parecía destinada a convertirse en el punto de inflexión definitivo para un Zaragoza que, si había sido capaz de mostrarse así de poderoso frente al primer clasificado, debía, o así se suponía, quedarse en Segunda sí o sí.

Pero, lejos de tener continuidad, aquella sensacional demostración de solvencia fue radicalmente opuesta a lo que el equipo y su entrenador mostraron el sábado ante la Real B. Eligió Sellés el mismo once en ambas citas en lo que fue el primer error del entrenador valenciano, que consideró adecuado y justo no cambiar nada atendiendo, seguramente no tanto a una cuestión de confianza y méritos contraídos como a las características del rival, otra escuadra vertical y con gusto por el balón y los espacios como el Racing.

Pero el error fue claro. Ni la Real concedió tanto ni se estrelló tanto desde los pasillos interiores como el Racing. Porque el plan de los realistas era otro: recurrir incesantemente a las bandas, por donde la presencia de Gomes, brillante en Santander, nunca tuvo demasiado sentido ante la falta de profundidad del canterano, que, otra vez fuera de su posición natural, fue uno de los numerosos efectivos blanquillos que no acabaron de entender el partido. Como Sellés, por cierto, que tardó un mundo en reaccionar a pesar de que era la Real B la que tenía el control, el plan bueno, las ideas y la mayoría de las ocasiones.

Quiso repetir también el valenciano con Moya como segundo punta, una idea que también había dado buen resultado en Santander pero que no por eso adquiría validez en casa, donde arrecia la extrema dificultad del equipo aragonés para generar fútbol en estático. Recordó la apuesta a aquella que ubicaba a Guti en la mediapunta y que el técnico mantuvo hasta que el propio jugador le pidió salir de ahí. Con Kodro demasiado solo casi siempre, el extremeño ni aportó en la asociación ni en la llegada y poco en el corte desde un centro del campo donde el renqueante Keidi Bare volvió a estar lejos de una buena versión.

Renunció Sellés a mover ficha hasta que no le quedó más remedio. El Zaragoza no carburaba y solo la falta de puntería del rival evitaba que fuera por debajo en el marcador, pero, a pesar de que nada funcionaba, el entrenador aguardó hasta que la afición le exigió actuar. Aunque, cuando todo apuntaba a la salida de Gomes para ubicar ahí a Juan Sebastián o retrasar a Francho dando entrada a Valery para ganar en profundidad, el sacrificado fue Cuenca, uno de los pocos capaces de dar verticalidad, desborde y uno contra uno.

Decisiones sorprendentes

El movimiento posterior de Sellés también fue sorprendente. Habló tras el partido de la necesidad de generar espacios, pero la forma de jugar de la Real B siempre deja sitio a su espalda, solo hace falta alguien que vaya ahí. Parecía Dani Gómez, desde hace rato, el indicado para acudir al hueco pero Sellés dejó claro que no cuenta con él y volvió a preferir a Bakis para jugar con dos nueves natos (junto a Kodro) y dejar sin minutos a Gómez, que estaba en el banquillo.

Curiosamente, una indecisión entre los dos arietes derivó en el tanto de la Real B, lo que abocó al Zaragoza a tirar hacia arriba de una vez y arriesgar. Hasta entonces había carecido de esa valentía que el técnico y el vestuario exigían como ingrediente esencial para una receta que llevara al éxito. Lo fue más el filial vasco, que mereció mejor suerte que un empate logrado in extremis a balón parado que premió la capacidad de reacción y el carácter competitivo de un Zaragoza a años luz, en todo caso, de aquel que había deleitado hace una semana. Una pena. En todos los sentidos.

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