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La calamidad tiene un puntazo. La crónica del Real Zaragoza-Castellón (0-0)

El Zaragoza, que no tiró a puerta y acabó con diez, sale vivo de un vendaval

Crónica del Real Zaragoza-Castellón

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Sumar un punto ante un rival muy superior que acabó en superioridad numérica y derrochó ocasiones en una primera parte que pudo acabar en goleada es una gran noticia. Salvar el pellejo tras volver a estar sometido al adversario en casa y sin ser capaz de disparar una sola vez a puerta, adquiere tintes milagrosos. El caso es que el Real Zaragoza, raquítico y diminuto, no perdió ante un equipo en ascenso directo, pero la imagen que ofreció, sobre todo antes del descanso, fue la de un conjunto alejado del fútbol profesional. Y eso, a estas alturas y con la muerte en los talones, es intolerable.

Porque la primera parte del Zaragoza fue indecente. De largo, la peor de la temporada, por debajo incluso de aquellas tardes en el museo de los horrores con Gabi. Como ya hiciera la semana pasada la Real Sociedad B, el baño del Castellón a los aragoneses fue de aúpa para desnudar todas las vergüenzas de los locales en una tarde infernal de viento y lluvia (voló una mesa en el estadio modular, lo que obligó a detener el partido durante varios minutos). El Zaragoza completó un primer tiempo deshonroso y solo se mantuvo en pie porque la Pilarica y el árbitro echaron una mano. La primera, mandando fuera o al palo las numerosas ocasiones de los visitantes y el segundo al anular un tanto del Castellón por una supuesta falta a Tasende que pareció más bien un resbalón.

El recital de despropósitos comenzó en la pizarra, donde Sellés echó su segundo borrón consecutivo. Seguramente, la mejor cualidad del valenciano era su forma de plantear los partidos y la elección de los futbolistas idóneos para ejecutar su plan. Pues, lejos de haber aprendido la lección tras su flagrante error de lectura frente a la Real B, Sellés reincidió al dejar de nuevo solo a Kodro como único atacante, situando a un centrocampista (Moya) como mediapunta y al pobre Gomes en el lateral para mandar a los leones al chico, abocado a bailar con la más fea (Cipenga) de nuevo fuera de su posición natural.

La debacle la completó la ubicación de Valery, que no está, de nuevo en un once que el técnico tuvo que rehacer en el descanso tras un desastre que se vio venir ya a los dos minutos, cuando Andrada tuvo que emplearse a fondo para evitar el tanto de Calatrava.

El vendaval arreciaba. Y no solo en lo climatológico. Otra internada de Calatrava a la que no llegó Mabil por poco empezaba a mosquear a los benditos zaragocistas que se dieron cita en el Ibercaja Estadio en una tarde de perros. El baño era colosal. El Castellón pasaba por encima de un equipo desnortado sin que Sellés fuera capaz de levantar de la lona a los suyos. Cipenga mandaba un disparo cruzado al palo poco antes de que el árbitro anulara el tanto de Brignani, que había burlado a Andrada en una mala salida del meta, por supuesta falta previa a Tasende.

Pero, lejos de espabilar, el Zaragoza se acobardó aún más con el susto. Cipenga, una pesadilla para Gomes, volvió a acercarse al gol poco después de que Tasende evitara males mayores con un cruce milagroso y de que Mabil mandara a las nubes el enésimo remate franco de los visitantes.

Amainó tras el descanso. Sellés reaccionó con un obligado triple cambio que dotó de más sentido a un Zaragoza edificado sobre un 5-4-1 en el que Tachi acompañaba a Saidu e Insua en el eje de la zaga, con Francho y Juan Sebastián en los carriles y Cuenca como única amenaza atacante junto a Kodro. El plan era recurrir a alguna contra esporádica pero, sobre todo, aguantar.

La maniobra fue asentando a un Zaragoza esforzado en tapar todas las fugas. El partido no se equilibraba, pero, al menos, ya no era un monólogo visitante. Incluso, el Zaragoza asomaba al área rival con un ensayo desviado de Juan Sebastián justo antes de que el árbitro anulara el tanto de Barri por fuera de juego previo de Jakobsen.

El paso de los minutos mostraba a un Zaragoza pobre pero honrado. A esas alturas, el punto sabía a gloria bendita y más cuando Brignani mandó fuera por poco un cabezazo tras saque de esquina.

Sellés tiró de Dani Gómez en busca de un milagro que no llegaría y Pablo recurrió a Álvaro y Sánchez, los últimos en llegar, para aumentar un caudal ofensivo que la defensa de tres centrales del Zaragoza había rebajado considerablemente. Pero la expulsión de Cuenca, ya casi en el descuento, obligó a los locales a sudar sangre para retener un puntazo. Es lo que tiene salir indemne de un vendaval.

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