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El Real Zaragoza no tiene remedio. La crónica del Zaragoza-Eibar (1-1)

El conjunto aragonés reincide en su indecencia como local para dar un gran paso hacia el abismo

El Real Zaragoza se complica mucho la vida tras empatar frente al Eibar

El Periódico de Aragón

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Un partido de los últimos nueve ha ganado el Real Zaragoza, que acumula dos meses sin vencer en casa, donde, por cierto, tan solo ha celebrado dos victorias. Los números, indignos del fútbol profesional, son de descenso cantado. En realidad, el equipo aragonés está haciendo todo lo posible por morir y salir de un infierno para adentrarse en otro peor. Mucho peor. No le gana a nadie este Zaragoza que parece no tener remedio y al que su entrenador tampoco parece ya capaz de sacar adelante.

Ya no sirve ni sumar de uno en uno (como el propio Sellés afirmó) ni escudarse en las numerosas bajas ni esperar a los recién llegados. No hay tiempo. Se ha hecho todo tan mal que, seamos honestos, el Zaragoza está donde merece por deméritos propios. Recen lo que sepan, pero, a este paso, hasta la Pilarica se hartará de un Zaragoza que lleva demasiado tiempo jugando con fuego y que tiene toda la pinta de acabar en llamas. El déficit de calidad física y técnica es insoportablemente evidente.

«Quiero un equipo que salga a reventar al rival desde el principio», advirtió Sellés en Albacete. La amenaza invitaba a imaginar un Zaragoza desatado lanzándose a degüello a por el rival con los ojos inyectados en sangre, el colmillo afilado y cara de malo. Como ante el Huesca, más o menos. Pero no está este equipo para reventar a nadie que no sea a su propia afición, maltratada y zarandeada por su club y su equipo.

No está este equipo para reventar a nadie que no sea a su propia afición, maltratada y zarandeada por su club y su afición

Sellés edificó al Zaragoza en torno a un 4-2-3-1 extraño, sobre todo, por la acumulación de futbolistas fuera de sitio. Lo de Saidu de central ya no es raro, pero extraña más si el elegido para ejercer en la sala de máquinas es un central: Tachi. Completaron el descuadre Cuenca como referencia arriba y Francho justo por detrás para abrochar un once con tan poca lógica como la mayoría de decisiones adoptadas por Sellés.

El caso es que ni hubo salida en tromba ni nada parecido. Solo Mawuli y Rober parecían tener claro un guion lleno de tachones en el que no había consignas claras más allá del balón largo desde los centrales y poco más. El Eibar, como casi todos los que pasan por el Ibercaja Estadio, no tardó en ponerse cómodo y a punto estuvo de adelantarse antes del ecuador del primer periodo, con un cabezazo de Martón que superó a Saidu pero no a Andrada.

Aunque fue el Zaragoza el que se adelantó incluso antes de merecerlo. Lo hizo a través de una de las dos únicas vías sobre la que parece posible que este equipo llegue al gol: el contragolpe y, como fue el caso, el balón parado. Un saque de esquina botado por Rober lo remató El Yamiq de forma imperial para desatar la locura entre la grada y obligar a creer en milagros a un zaragocismo que se entregaba sin remisión al hijo pródigo.

Todo parecía ir bien. El tanto había soltado al Zaragoza, reducido nervios y liberado ese corsé con el que afronta cada encuentro. De hecho, Francho estuvo a punto de marcar el segundo tras una contra (la otra vía) bien llevada por Cuenca, pero el capitán se estrelló en Magunagoitia para abocar el partido a un descanso que invitaba a soñar.

Retocó Beñat San José a su equipo con la entrada de Garrido. Sellés, en cambio, lo tuvo que hacer por obligación a los cuatro minutos de la reanudación por la lesión, y van mil, de Cumic, que dejó su puesto a un Sebas Moyano que insiste en tirar por el retrete cada oportunidad. Y eso que su primera intervención fue buena, con una galopada por banda que acabó en un servicio a Cuenca para que el canterano estrellara el balón en el palo. El rechace fue a parar a la bota de Francho, que se perfiló mal y disparó peor para perdonar al Eibar.

Por si no había sido poco un regalo, el Zaragoza le envió otro a su rival, que aprovechó el presente firmado por El Yamiq, que mandó a la red un centro de Cubero ante la parsimonia de Sebas Moyano en la ayuda al lateral. Fantasmas, miedo, inseguridad, desconfianza y sudores fríos envolvían al Zaragoza y a su gente.

Tiró Sellés de Agada, Soberón y Paul para sacar del campo, entre otros, a Rober, el mejor del partido. Tenía más sentido el Zaragoza, que se acercó al gol con una falta de Moyano, un gran cabezazo de El Yamiq que rozó el poste y, sobre todo, un tiro a bocajarro de Soberón que el meta vasco sacó desde el suelo.

Pero, poco a poco, el Zaragoza se fue apagando. La absurda expulsión en el descuento de El Yamiq dejó claro que a perro flaco todos son pulgas. Y este perro es muy flaco.

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