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La opinión de Sergio Pérez

El órdago a la grande de Rubén Sellés en 18 horas de locura y la olla a presión del Real Zaragoza

Con sus palabras sobre la afición, Sellés quiso provocar una reacción tocando la fibra más sensible de un club de fútbol, siendo valiente o arriesgándose a un suicido como no mejoren los resultados

Rubén Sellés, en la banda del Reino de León durante el partido del Real Zaragoza.

Rubén Sellés, en la banda del Reino de León durante el partido del Real Zaragoza. / CARLOS GIL-ROIG

Sergio Pérez

Sergio Pérez

Zaragoza

Como contra el Eibar, el Real Zaragoza mereció más ante la Cultural, especialmente en una segunda mitad en la que inclinó el campo hacia el área de Edgar Badía y tuvo presencia y llegadas suficientes para haber marcado. Seguramente, con un tanto hubiera bastado para ganar en León, el feudo de un rival todavía con peor cara que el aragonés. Sin embargo, el fútbol conjuga el verbo merecer de mala manera. Es un deporte que premia los hechos consumados, no los merecimientos. El Real Zaragoza no marcó y se tuvo que conformar con otro empate insuficiente, gracias también al buen hacer de Andrada guardando su portería.

Al final del partido, Sellés reincidió en su discurso habitual y alabó la competitividad de sus jugadores, algo normal en él salvo en contadas excepciones como en Albacete, donde hizo tronar por primera vez. No obstante, en León, el entrenador introdujo un nuevo elemento en la ecuación de sus valoraciones y se dirigió a la afición con una frase que marca ya su historia personal en el Real Zaragoza.

Sellés afirmó esto: “Igual que en Albacete dije que ese equipo no nos representaba a ninguno y que entendía el cabreo, hoy el equipo ha competido y hemos intentado ser ganadores. Igual que nosotros hemos dado un paso adelante también espero un paso adelante de la afición. Después del esfuerzo que han hecho hoy no esperaba ese recibimiento tibio, sino mucho más acorde con lo que se está jugando el equipo. Ya va siendo hora que todos demos un pasito adelante y que la afición esté con nosotros en todos los contextos”.

Las palabras del técnico no fueron cualquier cosa, más todavía después de que su equipo solo haya sido capaz de ganar un partido de los últimos diez, siga en puestos de descenso y su nivel futbolístico haya sufrido retrocesos en las últimas semanas. A pesar de tantos pesares, el Real Zaragoza todavía está vivo y sus opciones de salvación siguen siendo reales, más por los deméritos de los rivales que por el virtuosismo de sus propias acciones. Eso sí, todo cuenta, lo hecho por uno mismo y lo no hecho por los demás. Basta recordar la temporada pasada.

De Albacete a esta parte, el valenciano ha cambiado el patrón de sus discursos. Ha pasado de un tono plano, con poca pimienta y mensajes eminentemente futbolísticos, a veces hasta densos, a otro con unos matices mucho más emocionales y dirigidos a la fibra sensible del jugador y del seguidor. Lo hizo primero con su plantilla, con la que dejó aquel acento totalmente paternalista tras el 2-0 del Belmonte, y en León con la afición, a la que pidió más animosidad sin remilgos.

Sellés abordó un tema de la máxima sensibilidad, tanta que el club se vio obligado a montarle una comparecencia deprisa y corriendo para que explicara sus declaraciones para evitar que la tremenda fuera mucho más allá. Cuando se explicó, el entrenador dijo básicamente que había dicho lo que quería decir pero con una intención diferente a cómo podía haberse tomado. Negó que lo hubiera dicho como un reproche sino como una demanda de más energía. Así lo resumió: “Podemos mejorar el ambiente que hemos tenido en el Ibercaja Estadio”.

Sellés se confunde si cree que el Real Zaragoza gana o pierde partidos por el volumen de los decibelios del apoyo de sus aficionados, que no hay que olvidar que llevan trece años aguantando una situación deshonrosa y estando al lado de los suyos en las buenas, las regulares y las malas. Si el Real Zaragoza no gana más partidos es por su falta de aptitud sobre el césped. Este es el quid de la cuestión. Eso implica directamente a los jugadores y, por supuesto, a quien los dirige. El equipo se esfuerza pero muchas veces no le da para más, sobre todo a la hora de ser decisivo en las dos áreas, especialmente en la contraria.

Queriendo provocar una reacción tocando la fibra más sensible de un club de fútbol, siendo valiente o arriesgándose a un suicido como no le acompañen los resultados, exponiéndose al máximo en cualquier caso, Sellés se enfangó y posteriormente se reiteró en su idea, con el afán de encontrar cualquier cosa en cualquier sitio, seguramente presionado por los malos resultados y por el paso del tiempo sin mejoría palpable.

Después de escuchar una y dos veces al técnico, habrá quien siga viendo el vaso medio lleno e interprete sus palabras como un llamamiento sano en medio de la desesperación. Habrá también quien continúe viendo el vaso medio vacío y entienda la declaración como excesiva e irrespetuosa. De todo habrá. En cualquier caso, sus efectos pronto los veremos: en el fútbol los juicios son sumarísimos y el Real Zaragoza es ahora mismo una olla a presión. Por eso, el entrenador se jugó este órdago a la grande, buscando que no le estalle en sus manos.

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