Se ha escrito un crimen. La crónica del Andorra-Real Zaragoza (2-1)
El indigno Zaragoza dispara al corazón de su gente con una indecente actuación en Andorra y otra derrota que le deja colista, muy cerca del descenso y con Sellés al borde de un despido que se ha ganado a pulso

Carlos Gil-Roig

Esta es la historia de una vergüenza colosal. La crónica de una muerte anunciada. La de uno de los equipos con más historia, solera y prestigio de España al que un puñado de incompetentes convirtió en un desecho ruin y miserable. Un adefesio. Un impostor. Un traidor. Esta es la historia de una caída al vacío. La crónica negra de un genocidio que se llevó por delante a mucha gente inocente y valiente caída a manos de forajidos sin alma ni corazón. Porque el Real Zaragoza está muerto. Por mucho que siga respirando y que las máquinas mantengan sus constantes vitales. Las heridas son mortales. No va a salir de esta, pero, incluso si hay milagro, el daño será irreversible.
El Real Zaragoza y el zaragocismo siempre han sido paradigma de honradez y honestidad. Nobleza y valor. Lo de ahora es otra cosa: un equipo de vergüenza, una vergüenza de equipo. Una deshonra. Una humillación andante. Un grupo de jugadores (no futbolistas) empeñados en manchar un escudo casi centenario y a una afición destrozada a la que un entrenador tan indigno como los demás se permite recriminar un comportamiento tibio y exigir un paso adelante mientras él se acerca al abismo a zancadas. En realidad, semejante osadía refleja con insoportable claridad lo bajo que ha caído un club al que ya no reconoce ni la madre que lo parió. No señor, este no es el Zaragoza. No puede serlo.
El 22 de febrero de 2026 se recordará durante mucho tiempo. Ese día se perpetró un crimen con un tiro a quemarropa directo al corazón del zaragocismo, que asistió impávido el recital de desvergüenza de un equipo tan indigno que afronta un duelo a vida o muerte entre bostezos y con legañas en el ojo dejando claro que no es un equipo profesional. A los 23 minutos, ya perdía 2-0 contra un Andorra que, sin ser nada del otro mundo, compite como dios manda y no como Sellés pregona a los cuatro vientos para defender lo indefendible. No, no compite un equipo que no gana nunca (una victoria en once partidos). Lo que sucedió en el Principado en la que fue, seguramente, la peor primera parte de la historia del Real Zaragoza, ni tiene perdón ni puede consentirse. Y más en las circunstancias actuales de un club que agoniza.
La ignominia fue escandalosa. A los ocho minutos, Cerdá ya había adelantado al Andorra después de pasearse como pedro por su casa por el área de un Zaragoza al que alguien debería haberle dado ya el partido por perdido por incomparecencia. Ni en 4-4-2, ni con Francho en su sitio, ni con El Yamiq. El Zaragoza no pasaba del centro del campo y, de hecho, no pisó el área rival antes del descanso para humillación de su gente, que no merece esto.
El segundo gol, en el ecuador del primer tiempo, ejemplifica a la perfección la imperdonable desidia que lo preside todo (también en los despachos) en el Zaragoza. Cerdá remató a placer un saque de esquina en el que el desbarajuste defensivo fue propio de un equipo benjamín.
Una final se juega con sangre en el ojo, el puño cerrado, cara de malo y la cabeza alta. Este Zaragoza impostor, sin embargo, encaró el partido más importante de su historia reciente andando, desganado y pasando de todo. Cualquier directiva seria en una época normal no hubiera permitido semejante deshonra. En el Zaragoza actual, en cambio, se permite todo. Entre otras cosas, porque la culpa siempre es del que está al lado, el mismo al que se le ha hecho la pelota hace un rato. Hipocresía pura.
La alta traición, sin embargo, no tuvo consecencias en el descanso. Sellés, ese entrenador al que se le soporta todo, ni siquiera hizo cambios al descanso en otro ejercicio de incapacidad intolerable en cualquier otro momento. Y eso que Yeray, Larios en propia puerta e Imanol habían estado a punto de agrandar el sofocón antes del intermedio. Daba la impresión de que a los únicos que les importaba lo que estaba ocurriendo era a los del recibimiento tibio en León. Manda narices.
Por si el sonrojo no fuera suficiente, Insua decidió complicarlo todo aún más con una expulsión a los cinco minutos de la reanudación que amenazaba con elevar la dimensión de la catástrofe, pero fue entonces cuando el Zaragoza tiró del poco orgullo que le queda para presentarse al fin a jugar. Dani Gómez, con un golazo, recortó distancias y puso el miedo en el cuerpo a un Andorra al que no le sobra nada pero que, mientras Sellés tardaba diez minutos en recomponer al equipo, pudo sentenciar. Lo evitó Andrada, que negó el tanto a Lautaro primero y Minsu después. La sangre lo inunda todo. Se ha escrito un crimen.
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