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La insoportable y vergonzosa destrucción del Real Zaragoza: Sin escudo

El Real Zaragoza agoniza sin que sus dirigentes hagan nada por evitarlo. La inacción, el silencio y la incompetencia presiden un club a la deriva que tiene colistas a dos principales equipos y huérfana a una afición ultrajada

El escudo del Real Zaragoza, roto.

El escudo del Real Zaragoza, roto. / EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

Santiago Valero

Zaragoza

El Real Zaragoza tiene casi 94 años de historia que han dado para mucho, sobre todo bueno. Títulos, solera y honor forjados a sangre y fuego, como se adquiere el prestigio y se gana el respeto. Nobleza y valor, como dice un himno en el que se habla de raza en el juego, bandera y orgullo. Así ha sido siempre y así debería ser. Pero aquel Real Zaragoza es historia. El actual es otro bien distinto. Un impostor. Un traidor a todos aquellos valores que le hicieron tan grande. El de ahora es un club plagado de extraños ajenos a un sentimiento que no se adquiere. Porque el zaragocista, mayormente, nace. No es el caso de los actuales rectores. Ni de sus ejecutivos. Ni, desde luego, el entrenador. Ni, por supuesto, la inmensa mayoría de la plantilla. Para todos ellos, el mayor trastorno que supondrá la salida del fútbol profesional será esa mancha que permanecerá para siempre en una hoja de servicios más o menos relevante. Los que llorarán al cadáver en el velatorio serán los que de verdad sentirán su pérdida como la de un ser muy querido: su gente.

Se va el Zaragoza sin que a sus capataces parezca importarles más allá de lo justo. La inacción, el silencio y las excusas lo envuelven todo en Eduardo Ibarra, donde, aseguran, se decide todo y no en Madrid mientras se niega las veces que haga falta cualquier relación con el Atlético más allá del compadreo.

La realidad es que el Real Zaragoza es un club vacío en el que todo es un desastre porque las cosas se hacen mal o directamente no se hacen. La Ciudad Deportiva, pilar básico del proyecto que vendió la propiedad, es un caos donde unos no se hablan con los otros y en la que el puesto de gobernador está vacante desde hace mes y medio (desde que el anterior director de cantera decidió llevar a los tribunales al club, una medida adoptada en mayor medida por una gran cantidad de profesionales que han ido pasando por la entidad a lo largo de los últimos años) sin que a nadie parezca importarle.

La situación es tan grave que apunta a dejar al zaragocismo sin fútbol profesional por primera vez en 80 años. El primer equipo es colista y también lo es el filial en Segunda RFEF, pero nadie sale a la palestra a asumir responsabilidades y pedir disculpas. En el Real Zaragoza, el actual, la culpa es siempre de otros y los reproches se dirigen a la prensa y a una masa social ultrajada y vejada incluso por recién llegados a los que se concede potestad para recriminar a una de las aficiones más fieles del país y que lleva sufriendo lo indecible desde hace demasiado tiempo. Metió la pata Sellés hasta el fondo cuando exigió un paso más al zaragocismo y lamentó su tibieza en León pero también el club, que le impuso una matización de aquellas palabras y que se encontró con una reafirmación envuelta en soberbia y arrogancia.

Una victoria en once partidos deslegitiman a cualquier entrenador para continuar en el cargo. La distancia con la salvación (seis puntos) ya es mayor que antes de la llegada de Sellés (5) y las sensaciones son incluso peores que aquellas. Pero no pasa nada. A pesar del derroche de indecencia exhibido en Andorra, todo está permitido. Nadie dimite, nadie decide y nadie da la cara. Tampoco para proteger al medio centenar de aficionados a los que el Andorra impidió la entrada al campo a pesar de contar con entrada. La sensación de orfandad es insoportable.

Porque conforme más pequeño se empeñan en querer hacer al Zaragoza más grande le viene a más gente. El presidente (Jorge Mas) no está, el consejero deportivo (Mariano Aguilar) y hombre de confianza de Gil Marín emerge entre los máximos responsables de una tragedia que se veía venir desde hace tiempo, el inexperto director general (Fernando López) está superado, el director deportivo (Txema Indias) acumula fiascos (lo del fichaje de Agada es la madre de todos los despropósitos), el entrenador (Rubén Sellés) ni gana ni compite y los jugadores se empeñan en manchar un escudo con infamias como la perpetrada en Andorra, un lugar que se recordará siempre como aquel en el que el Zaragoza avergonzó a su gente como nunca nadie lo había hecho.

No se salva nadie. Desde luego, tampoco una propiedad a la que se le llena la boca recordando la recuperación económica del club gracias a sus aportaciones pero que ha demostrado una negligencia en la gestión deportiva nunca vista en la historia del club. Forcén ha dado un paso adelante, pero todo va a peor desde entonces. Se va un consejero (Emilio Cruz), viene otro (Guzmán Pérez-Ayo), el presidente ni siquiera aparece por la junta de accionistas y esa insoportable inacción traslada una colosal sensación de desgobierno que lo envuelve todo.

Agoniza el Zaragoza, el actual. El impostor. El real, el Real, el auténtico, ya ha muerto.

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