La responsabilidad de los jugadores del Real Zaragoza en la peor crisis de la historia: Nadie se va de rositas
Mal parida, peor gestionada y siempre cuestionada, el ínfimo rendimiento de la plantilla y su indecente actitud cuando mejor conducta se requería emergen entre las grandes causas de la catastrófica situación actual

Alineación inicial del Real Zaragoza el pasado domingo en Andorra. / Carlos Gil-Roig

Entre las numerosas razones que deben incluirse como las causantes de la catastrófica situación actual del Real Zaragoza ocupa un lugar preferencial, como no puede ser de otro modo, el ínfimo rendimiento de una plantilla que lleva camino de pasar a la historia como la que sacó al club del fútbol profesional por primera vez en 80 años. Pero, más allá de las paupérrimas prestaciones exhibidas por futbolistas profesionales, sería aún más censurable la indecente actitud con la que están afrontando partidos decisivos, con la vergonzosa actuación en Andorra como el punto más álgido de deshonra en una primera parte que se recordará durante mucho tiempo.
La ingente responsabilidad del vestuario alcanza a todos. Nadie se va de rositas (aprovechando el estreno, el domingo, de otra camiseta que contribuye a esa sensación de un Zaragoza irreal e irreconocible que se ha apropiado de todo el zaragocismo). Semejante hecatombe no entiende de excepciones, si bien el grado de responsabilidad es diferente en función de participación, lesiones o grado de implicación. En todo caso, la dimensión del mal es tan grande que obliga a que cada palo aguante su vela.
Por supuesto, todo parte de una desastrosa planificación condicionada ya en verano, cuando el Zaragoza esperó tres meses a Txema Indias, un tiempo precioso que le costó muy caro tanto en el diseño del plantel como en aspectos tan esenciales como menospreciados desde el club, como una adecuada preparación y programación de la pretemporada.
Mal parida, la plantilla se ha envuelto en despropósitos desde el principio. Recurrió Indias mayormente a suplentes rescindidos o libres de contrato. No le importó traer, incluso, a tres del mismo equipo (Moyano, Pomares y Paulino) apelando a los beneficios que su estado anímico podría provocar en el resto tras haber logrado el ascenso con el Oviedo.
Por supuesto, el centro de la defensa se quedó a medias para dar continuidad a la tendencia de los últimos mercados y se dejó demasiada faena para última hora. Cuatro de los 12 fichajes veraniegos llegaron en las últimas horas, y no se encontró una salida para descartes como Bakis y Cuenca.
Empezaban mal las cosas, pero se pondrían aún peor. La confección del plantel provocaba dudas pero nadie la incluía entre las cuatro peores de la categoría, desde luego. El devenir del curso pondría después cualquier opinión en cuarentena.
Y es que entre Gabi y Sellés han reducido aún más los recursos disponibles. Conforme ambos se veían superados por la situación, la elección de futbolistas era más cuestionable. La insistencia en reubicaciones poco entendibles y la sempiterna acumulación de lesiones (el club prometió un estudio analítico sobre este asunto que nunca deparó conclusiones diáfanas ni situó al Zaragoza en números muy distintos a los del resto de equipos) rebajaban todavía más las opciones. Indias, por su parte, reincidía en enero en errores graves, con el incomprensible fichaje de Agada, un delantero fuera de forma que llevaba cuatro meses sin jugar, como el peor de todos.
Pero el grado de implicación y compromiso ha ido bajando al mismo ritmo al que se esfuman las esperanzas de salvación de una afición a la que se han venido enviando mensajes como "somos tan competitivos como cualquiera", “este es el camino a seguir” o “no quiero negativismo” por parte de jugadores y técnico. Y eso que todo parecía en su sitio con esas tres victorias consecutivas en las que el Zaragoza se mostró como debe: agresivo, intenso y enérgico. Pero la exhibición en Santander, lejos de ser el punto de inflexión definitivo, fue la génesis del derrumbe. Sellés, incluso, reprocharía después la “tibieza” de los desplazados y exigió a la masa social dar “un paso más” como sí lo estaba dando el equipo en unas declaraciones que no hace demasiado tiempo hubiesen sido motivo de algo más que el tímido requerimiento del club para que el técnico matizara unas manifestaciones que Sellés no hizo sino apuntalar.
Después de eso, el Zaragoza no solo no ha dado pasos adelante, sino que se ha dirigido a zancadas hacia el abismo con una indolencia y una desidia futbolísticas que han agotado la paciencia de su gente, que, todavía compungida ante lo que presenció (en vivo o por televisión) en Andorra ya no perdona a nadie ni a nadie. Y es que el zaragocismo puede haber cambiado forzado por esa eternidad que acumula en el calvario, pero lo que sigue sin soportar ni tolerar es que sus jugadores no se dejen el alma en el campo. Lejos de eso, encararon la madre de todos los partidos, la final de las finales, con abulia, dejadez y desgana, como si no les fuera la vida en ello. El meneo del Andorra, que ganaba 2-0 a los 23 minutos, fue colosal ante un Real Zaragoza indigno que ni siquiera pisó el área contraria antes de un descanso en el que su entrenador, a pesar de la ignominia, decidió no hacer cambios para acentuar la indignación de una afición que se frotaba los ojos con la esperanza de no haberse despertado todavía de la siesta.
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