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Late el corazón: la crónica del Cádiz-Real Zaragoza (0-1)

David Navarro transforma en cuatro días a base de sentido común al conjunto aragonés para devolverlo a la vida con un gran triunfo en Cádiz

El Real Zaragoza se agarra a la permanencia con un triunfo por la mínima en Cádiz

El Periódico

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Pedía David Navarro jugar con el corazón. Incidió el aragonés en el factor emocional, en el sentimiento, en dejarse el alma a base de rasmia. Eligió el técnico un mensaje que llegara a la gente y a sus jugadores. Nada de fuegos de artificio y palabras vacías. De pronto, y mucho tiempo después, la previa de un partido del Zaragoza se envolvía en sensibilidad y emoción. Predicó con el ejemplo Navarro, valiente como el acero, desterrando corsés, miedos y bloques bajos para diseñar una formación con dos delanteros y hasta cuatro jugadores de marcado carácter ofensivo, entre ellos un chaval de 19 años que hace unas horas había enterrado a su madre. Dice tanto bueno de Navarro que se entregara en su primer día a Hugo Pinilla como malo de sus predecesores, sobre todo, el último de ellos, al que le faltó valentía y le sobró arrogancia para desperdiciar el talento de un chico hambriento de fútbol que lleva el león tatuado en el corazón para siempre.

El Zaragoza, al fin, tenía sentido. Nada de jugadores fuera de sitio ni inventos ni experimentos. Los buenos al campo, cada uno en su sitio y fuera chorradas de inventores del fútbol elevados a los altares sin haber empatado con nadie y a los que se les consiente todo. El Zaragoza, entrenado durante apenas cuatro días por dos currantes del fútbol (David Navarro y Néstor Pérez) ha devuelto el latido al Zaragoza y al zaragocismo. Quizá sea tarde ya. O no. Pero el logro ya es mayúsculo.

Ante un Cádiz que apunta a pasarlas canutas, el control del partido siempre fue del Zaragoza. Y eso, en su comatoso estado, adquiere tanto valor como hacer de nuevo reconocible al equipo con apenas un puñado de sesiones a base de pocas y claras directrices. Y, sobre todo, sentido común. Y eso se tradujo en un par de llegadas en los ocho primeros minutos, con tiros desviados de Mawuli y Kodro que anunciaban que, efectivamente, algo había cambiado.

Tras un cabezazo inocente de Dawda llegó el momento clave del duelo. Una llegada desde la derecha derivó en un centro de Aguirregabiria que, tras varios rechaces y un segundo intento, acabó con el balón en la red previo zurdazo ajustado de Kodro para adelantar al Zaragoza y aportarle una ingente dosis de confianza y esperanza.

Reaccionó el Cádiz llegando, como casi siempre, desde los costados. Radovanovic evitó males mayores tras un centro de Suso y Pereira y Cordero mandaron arriba el esférico justo antes de que Francho tuviera la ocasión más clara tras una gran combinación entre Rober y Pinilla para que el chaval encontrara sin mirar al capitán, que no acertó a superar a Gil.

Garitano movió piezas al descanso dando entrada a Moussa y a Brian, que pasaría a convertirse en la mayor amenaza de los locales, que volcaron el campo hacia la izquierda, pero David Navarro reaccionó con rapidez dando entrada a Cuenca para ayudar a Aguirregabiria con Brian y doblar lateral con Tasende en el otro costado, donde Cordero había probado en un par de ocasiones a un sobrio Andrada.

El movimiento del técnico zaragocista surtió efecto pronto. El equipo, tan ordenado como solidario, reducía el impacto en el partido de Brian, que, con todo, dispuso de una buena ocasión tras recoger un balón suelto en el área pero su flojo disparo no fue un problema para Andrada.

El paso de los minutos convertía al físico en el mayor de los problemas para los aragoneses. Radovanovic, como casi siempre, pedía el cambio y Mawuli, también con la lengua fuera, le acompañaba hacia los vestuarios. Gomes y Keidi, otras buenas decisiones del cuerpo técnico blanquillo, salían a escena para colaborar en el derroche de corazón de un Zaragoza que no sufría y que, además, gozaba de las mejores ocasiones. Una de ellas la tuvo Rober, el mejor del partido, pero su disparo lo sacó More casi bajo palos para desatar la furia de la afición local.

Aguantaba bien el conjunto aragonés. Nada de encerrarse atrás y rezar. Desde el banquillo se pedía corazón pero también cabeza para resistir. Cuenca tuvo la sentencia con un tiro que rozó el palo y con otro que, tras regatear al meta, estrelló contra un defensa. Pero el partido era del Zaragoza, que supo jugar como debía. Sin tibiezas, dando un paso adelante y brindando con lo más sagrado tras el escudo: su gente. Late el corazón.

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