El último, que apague la luz: La contracrónica del Real Zaragoza-Ceuta
El Real Zaragoza lleva todo el curso dejando claro que no es de este mundo y que merece un descenso ganado a pulso porque carece del nivel mínimo de calidad física y técnica que exige el fútbol profesional

Los jugadores del Zaragoza se dirigen a la afición al término del partido ante el Ceuta. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

El Real Zaragoza merece el descenso. Así de claro, así de triste, así de doloroso. Este equipo lleva todo el curso dejando claro que no es de este mundo y que su nivel de calidad física y técnica no es el mínimo exigible para permanecer en el fútbol profesional. Este Zaragoza, impostor e indecente, se mantiene vivo de milagro a estas alturas porque vino un entrenador que rearmó anímicamente a un grupo con menos carácter y liderazgo que un bebé. Pero cuando ese efecto revitalizador pasó, el Zaragoza regresó a su estado natural: el cadavérico.
Es un desastre este equipo cuyo certificado de defunción emitió una dirección deportiva negligente y que lleva años sostenido entre alfileres sobre el abismo. Unos lo vieron claro desde hace tiempo, otros se empeñan en negar la evidencia y algunos se resisten a dejar de creer en milagros. Pero ni la Pilarica parece capaz de salvar ya a este equipo incapaz de ganar a un rival con uno menos durante toda la segunda parte y que no se jugaba nada en el envite salvo una honra que algunos supuestos futbolistas del Zaragoza perdieron hace tiempo.
Lo peor es, sin duda, asistir a una agonía que nunca debió producirse. El rostro de los aficionados zaragocistas que volvieron a abarrotar el Ibercaja Estadio pregona a los cuatro vientos desesperación y desolación. Solo las matemáticas sostienen ya a un Zaragoza malo en su área y peor en la rival al que no le da ni siquiera para acercarse a la permanencia. Entre otras, porque nunca se lo ha ganado.
Ese triple cambio de David Navarro a cuatro minutos del descanso no fue simplemente una decisión tan oportuna como desesperada para mantener con vida a un equipo que volvió a ser un desastre en una primera parte y en el que la mitad de su once inicial llevaba la lengua fuera al cuarto de hora. El calor o los problemas físicos emergen como atenuantes pero la realidad es que estamos ante el Zaragoza con peor calidad física de su historia. Como se pudo comprobar al final, cuando ni siquiera los once minutos de prolongación y con superioridad numérica sirvieron para evitar el desastre.
Claro que aún peor es la calidad técnica de un equipo que falla lo infallable en las áreas y que tiene un portero que es mejor con los pies que con las manos, lo cual es lo peor que se puede decir de un cancerbero. Pero sigue jugando y cuando esto acabe, si es que no lo ha hecho ya, se marchará junto a otros que recordarán al Zaragoza como ese club que manchó su historial. Mientras, el zaragocismo seguirá llorando durante años presa de la desidia y negligencia que lo ha presidido todo durante demasiado tiempo.
No se engañen, O sí, están en su derecho. El Zaragoza lleva meses agonizando y dando señales nítidas de no estar en condiciones de salir de esta con vida. En realidad, el tono apagado de Navarro antes del partido ya parecía advertir lo que se avecinaba. Ni con unos ni con otros, ni con los buenos ni con los otros, n ante rivales directos ni contra los que ya tienen hechos los deberes, ni contigo ni sin ti. Hizo lo que pudo este entrenador aragonés con un equipo perpetrado por el enemigo que durante unas semanas dejó de ser ese adefesio incapaz de ganarle a nadie. Pero ha vuelto para quedarse. El último, que apague la luz.
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