Rubén Díez, aquel "rubio del Giner" al que llamaban Jamelli y que ahora jugará en el Real Zaragoza
Ya despuntaba de niño cuando empezó a jugar al fútbol sala por su inteligencia, cualidad que le ha llevado al fútbol profesional junto a su perseverancia tras una carrera de despunte tardío

El caso de Rubén Díez es el de un jugador resiliente y paciente. Un talento puro plagado de inteligencia, su mejor cualidad sin duda alguna, pero al que le costó llegar al fútbol profesional. Ahora, en plena madurez deportiva, vestirá la camiseta del Real Zaragoza las dos próximas temporadas, el equipo de su vida.
De niño ya se le veía que era especial. Empezó jugando a fútbol sala en Torrero, donde arrasaba. «El rubio del Giner», como le conocían los padres rivales, era el mejor de largo de su equipo y también de la selección aragonesa y un futbolista único pese a ser un niño. Y entre que era rubio y se daba un aire a Paulo Jamelli, pronto los compañeros y amigos le pusieron ese apodo.
Después se formó en el Stadium Casablanca, el Valdefierro o el Ebro, pero se le resistía el salto al Real Zaragoza de la generación de Jorge Ortí, Pablo Moreno o Antonio Pérez. Finalmente jugó en el filial blanquillo en la campaña 15-16 con Ratón, Nieto, Guti, Pombo o Buenacasa en Tercera División, pero no llegó a debutar con el primer equipo. Un año antes lo hizo en el Tarazona, en Tercera, con David Navarro.
Con 25 años empezó su carrera a despegar, quizá cuando parecía que ya no iba a pisar el fútbol profesional. Debutó en Segunda B con el CD Teruel y al siguiente curso firmó con el CD Castellón. El primer año le costó algo más, pero en el segundo logró el ascenso a Segunda siendo decisivo. Disputó 40 partidos en la 20-21 en la categoría de plata en la temporada del covid y a puerta cerrada, con 7 goles y 4 asistencias. Ahí demostró que era un jugador de fútbol profesional.
Después ha realizado una carrera quizá a la sombra del ojo del zaragocismo, pero muy prolífica y vistiendo camisetas de renombre. Jugó en el Tenerife en Segunda, en el Deportivo en Primera RFEF, en el Ibiza también en la categoría de bronce y, finalmente, fichó por el Ceuta tras disputar, en todas esas temporadas en Primera RFEF, como mínimo 33 encuentros de Liga. Es decir, siendo fundamental para sus entrenadores. De hecho, suma más de 6.000 minutos en la categoría de plata y casi 10.000 en las terceras categorías, llámense Primera RFEF o Segunda B.
No es un jugador ni alto, ni físico ni un velocista, pero tiene la cualidad más difícil de encontrar en un futbolista: inteligencia. Por eso es un organizador o un mediapunta puro, con visión, posicionamiento y la personalidad y el poso para coger galones y llevar el peso de un partido él solo o lanzar los penaltis. Y es un zaragocista de cuna («lo he mamado desde pequeño», le dijo a este diario), abonado, que vivió finales de Copa en la grada y que sabe lo que es el Real Zaragoza. Y eso es un gran plus.
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