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El derbi entre Real Zaragoza y SD Huesca más dramático de la historia: el partido

El Alcoraz acoge el derbi más trascendente entre SD Huesca y Real Zaragoza, un duelo a vida o muerte destinado a arrojar fuera del fútbol profesional al perdedor

Formaciones de Real Zaragoza y SD Huesca, con la bandera de Aragón sobre el césped antes del derbi de la primera vuelta en el Ibercaja Estadio.

Formaciones de Real Zaragoza y SD Huesca, con la bandera de Aragón sobre el césped antes del derbi de la primera vuelta en el Ibercaja Estadio. / MIGUEL ANGEL GRACIA

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Hace tiempo que Real Zaragoza y SD Huesca afrontan cada encuentro como una final. Los dos equipos aragoneses se han cubierto de gloria en una temporada dantesca que castiga su desastroso rendimiento con un anclaje perenne a esa zona tenebrosa en la que todo es oscuridad y congoja. Desde ahí mismo, ambos equipos afrontan este domingo (18.30 horas) el derbi más dramático y trascendente de la historia de todos los que han enfrentado a Huesca y Zaragoza. El que caiga derrotado recaudará todas las papeletas para abandonar el fútbol profesional y marcharse de cabeza a Primera RFEF, un lugar en el que todo es mucho más lúgubre y abrasador incluso que esta Segunda División infernal.

Es, sin duda, el partido. Sin medias tintas ni paños calientes. Lo que suceda en El Alcoraz marcará el futuro de los dos equipos aragoneses, que se miden en un duelo a vida o muerte en el que el empate ya no es opción salvo que, como viene siendo habitual, los otros implicados en la lucha por escapar de la quema sigan empeñados en prolongar la agonía. Pero la jornada, marcada por la cantidad de enfrentamientos directos entre necesitados, apunta a ser decisiva.

Tan bajo han caído Zaragoza y Huesca que el siguiente paso conduce directamente al abismo. Especialmente hiriente es la debacle de los blanquillos, cuya caída en barrena durante los últimos años, lejos de frenarse, se ha acelerado tanto que amenaza seriamente su vida. A este punto ha llegado el equipo de la cuarta ciudad de España, destinado por deméritos propios a jugarse la vida a una ruleta rusa con el vecino.

Ocho míseros partidos de los 36 que se han jugado ya han ganado tanto Huesca como Zaragoza, es decir, menos de la cuarta parte. El dato subraya la desastrosa comparecencia de dos escuadras que llegan a este punto de no retorno con la cabeza debajo de la guillotina y la sangre helada mientras los suyos asisten muertos de miedo a una ejecución evitable tan solo a través de una evasión casi tan complicada como un indulto tan solo concebible desde la buena conducta de aquí al final del suplicio. En todo caso, no parece que la piedad alcance para ambos. Por eso, el duelo en El Alcoraz apunta a ser definitivo.

Seis entrenadores (o siete incluyendo a Larraz) han pasado ya por los banquillos de los dos equipos aragoneses. No acertó el Huesca echando tan pronto a Guilló, que tenía al cuadro altoaragonés fuera de un descenso convertido en hábitat natural primero con Bolo y después con Oltra. Cada relevo ha sido peor que el anterior en el caso de la escuadra azulgrana, que aún no ha ganado desde que Oltra se hizo con las riendas.

El Zaragoza, en cambio, sí ha notado los cambios. Difícil era hacerlo peor que un decepcionante Gabi, que dejó el equipo hecho unos zorros a Sellés, que, a su vez, hizo lo propio después con Navarro. El equipo reaccionó bien a ambos relevos, si bien con el técnico aragonés el efecto fue inmediato, nada que ver con el peligroso compás de espera que puso a Sellés al borde del despido antes de que, precisamente el derbi de la primera vuelta, iniciara un camino de redención perdido poco después a base de decisiones incomprensibles y por el que se han quedado, además, los directores deportivos de ambos clubs, Ángel Martín González y Txema Indias.

Así, envueltos en mediocridad y una desesperante falta de calidad de todo tipo, Huesca y Zaragoza son conscientes de que el derbi, ahora sí, es esa última bala de la que depende su vida. Luego quedarán cinco partidos más, pero ha sido tanta la sangre derramada y tan débil ya el latido de ese corazón maltrecho que la mínima recaída apunta a ser mortal. Sálvese quien pueda.

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