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El derbi más vergonzoso de la historia; la contracrónica del Huesca-Real Zaragoza

El Zaragoza se deja la vida y la dignidad en El Alcoraz, donde una salvaje agresión de Andrada a Pulido origina una indecente batalla campal

Andrada agrede a Pulido en la acción que originó la gran trifulca final.

Andrada agrede a Pulido en la acción que originó la gran trifulca final. / Jaime Galindo

Jorge Oto

Jorge Oto

Huesca

Vergonzoso, humillante y barriobajero. El derbi más dramático de la historia culminó a puñetazos, con tres expulsados, sin porteros y con dos jugadores de campo con la camiseta de cancerbero. Un sonrojo en toda regla que se ajusta a la perfección a la temporada de un Zaragoza deshonroso que hizo lo que hacen los malos: reñir cuando no tiene más argumentos. La trifulca la empezó Andrada, que le puso un ojo morado a Pulido de un puñetazo al que respondió Dani Jiménez con otro dirigido al argentino. Tasende también se fue a la calle por otra fea acción para poner el infame broche a un derbi que pasará a la historia ya no solo como el más dramático, sino también como el más vergonzoso.

«Se acabó la broma», dijo Pablo Insua hace apenas cuatro días para pregonar a los cuatro vientos que había llegado la hora del Real Zaragoza. Admitía el central que el vestuario era plenamente consciente de que había dejado escapar demasiadas oportunidades para aferrarse a la vida pero que aquello era historia y que el derbi iba a marcar el alumbramiento de un equipo que, aseveró, «se va a salvar, sin duda».

Recurrió el gallego a un término, broma, un tanto desafortunado. Más que nada, porque hace mucho que esto no tiene ni puñetera gracia. Es lo que tiene ganarse a pulso la desaparición del fútbol profesional, que es lo único para lo que ha hecho méritos el Real Zaragoza, un equipo indecente empeñado en acabar con su vida y con la de su gente mientras prolonga la de los demás. Esta vez le tocó a la SD Huesca, que supo gestionar mejor el peor derbi que se recuerda, con un calamitoso arbitraje y en el que la calidad la pusieron ambas aficiones. En el verde, más allá de Portillo por un lado y de Rober por el otro, el fútbol prescindió de elaboración para encomendarse al pelotazo y tente tieso.

Están para los leones los dos equipos aragoneses. Fuera bromas. Andan tan justos de todo que habían sido incapaces de asestar ese golpe de autoridad que exige la lucha por la supervivencia. Por eso, porque no les da para más, llevan todo el curso deambulando como un alma en pena. Si seguían vivos, es merced a la clemencia de una competición tan pobre como ellos. El milagro ya no sería que alguno de ellos se salvara, sino haber llegado vivo todavía hasta aquí.

Era el derbi más dramático de la historia y, efectivamente, todo estuvo envuelto en drama, incluso desde antes de que el balón comenzara a rodar. Más nervios que fútbol y una pérdida de papeles final que sintetiza a la perfección la vergonzosa temporada de ambos, especialmente de un Zaragoza incapaz de tirar a puerta en toda la segunda parte y amenazar la victoria de un Huesca beneficiado un tanto por la labor arbitral pero que creyó más en la victoria pese a no hacer muchos más méritos que su oponente. Ganó el menos malo, se diría, pero la derrota da la vida a los oscenses y echa otra palada de tierra sobre un Zaragoza de nuevo abocado a esperar que los demás hagan lo que él es incapaz de hacer.

En realidad, el bochornoso final lo preside todo. Lo que hizo Andrada no es digno de un jugador del Real Zaragoza. Ni siquiera de un futbolista. El meta había sido de lo poco salvable de su equipo, pero esa salvaje agresión final no es de recibo. Pidió perdón al final el capitán, Francho Serrano, porque, más allá de pulsaciones altas, tensión, nervios a flor de piel y una gran dosis de impotencia, esa reacción es inaceptable por mucha provocación que haya de por medio, que seguro que la hubo. Lo que sucedió después, con Dani Jiménez en plan justiciero, es tan vomitivo como lo otro.

El recuerdo

Resulta inevitable recordar aquella tangana final en Villarreal en la 2001-2002, con la patada de Acuña a un espectador que dio la vuelta al mundo para adjuntar a un descenso a Segunda. Lo que pasó en El Alcoraz también tiene pinta de quedar asociado para siempre al descenso del Zaragoza a Primera RFEF y su salida por la puerta atrás del fútbol profesional después de más de 80 años. El derbi del fin de las bromas era en realidad el derbi del drama, pero se recordará como el derbi de la vergüenza, una palabra a la que el Zaragoza lleva ligado durante todo el curso y que lucirá consigo durante mucho tiempo más.

Dirán que queda tiempo, que si el Cádiz no sé qué o no sé cuántas, pero la realidad es que el Zaragoza ha dejado bien claro desde hace mucho tiempo que no es merecedor de nada, sobre todo, de una afición que, además de soportar lo insoportable, tiene que asistir a espectáculos tan lamentables como el que puso el epílogo al derbi. Y seguramente a la temporada.

«El Zaragoza no puede dar esta imagen», dijo Francho tras el partido. Tiene razón el capitán, pero no solo en lo que concierne a la imperdonable actitud de Andrada, que no volverá a vestir la camiseta del Zaragoza. No se puede consentir algo así, pero tampoco la acumulación de ofensas y el recital de ignominias a lo largo del curso de un equipo que avergüenza a los suyos de todas las formas posibles.

Ganó el Huesca y perdió el Zaragoza. Pero lo que se vivió en El Alcoraz un 26 de abril de 2026 pasará a los anales como aquel derbi que acabó a puñetazos en un espectáculo dantesco y bochornoso en el que el drama acabó en tragedia.

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