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El Real Zaragoza no merece vivir. La crónica del Zaragoza-Granada (0-1)

Un gol en el 98 sepulta a un conjunto aragonés sin sangre en las venas que estuvo a punto de prolongar la agonía poco antes con una clara ocasión de Pinilla

Vídeo | El Real Zaragoza pone pie y medio en Primera RFEF tras perder contra el Granada

Jaime Galindo

Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

No merece vivir este Real Zaragoza horrendo e impostor incapaz de ganarle a nadie. Déjense de calculadoras, del Cádiz y demás cuentos de mil y una noches como esta, en la que el equipo aragonés firmó, seguramente, una sentencia de muerte ganada a pulso durante la temporada más infame de la historia del club. El desenlace fue cruel, sí, con un gol en el 98 después de que Pinilla fallara una ocasión clamorosa para alargar la agonía, pero en la línea de la desdicha y la desazón que han presidido toda esta bazofia. No se engañen, o sí, hagan lo que les plazca o lo que necesiten para gestionar la desgracia, pero este Zaragoza está bien muerto. Porque no merece vivir.

El buen arranque del Zaragoza fue un espejismo, como casi siempre. Casi obligado por el empuje y la bendita ilusión de la grada, los primeros dos minutos del equipo aragonés fueron lo mejor de una primera parte en la que se fue diluyendo como un azucarillo. Un buen empalme de El Yamiq que Astralaga desvió a córner hizo creer a la sufrida parroquia local que, esta vez sí, el Zaragoza iba en serio y que la enésima oportunidad para aferrarse a la vida iba a ser la definitiva.

Pero nada más lejos de la realidad. Poco a poco, el Granada se fue adueñando del balón, lo cual no es tan grave, pero también del partido ante un Zaragoza en el que, como siempre, la sala de máquinas era una mera zona de tránsito aéreo por la que el esférico pasaba por los aires de vez en cuando desde la defensa en busca de alguno de los puntas. Nada de lanzarse a la yugular de la presa, que es lo mínimo exigible cuando la guadaña acecha.

Cualquier opción pasaba por correr, robar alto y explotar la inconsistencia atrás del Granada, pero este Zaragoza hace mucho que no da más de sí. Los continuos desajustes y la mala coordinación en la presión alta y, sobre todo, la nula agresividad a la hora de ejecutarla no hacían sino cosquillas a un Granada que apenas encontraba obstáculo.

En el otro lado, la cosa cambiaba. Trigueros, un centrocampista de esos que no tiene el Zaragoza, gobernaba el duelo a base de sencillez y claridad. Suya fue la mejor ocasión de los andaluces a través de un disparo lejano al que respondió bien Adrián para que el choque se adentrara en una fase insulsa en la que el Zaragoza derrochaba tanta inseguridad como nervios y tensión.

Un cabezazo franco de Williams a la salida de otro saque de esquina mal defendido por los locales y un disparo ajustado de Arnaiz anunciaron lo que estaba por venir, por supuesto, también a balón parado. Pablo Sáenz, más listo que nadie, puso el esférico en el área pequeña para que, tras pasar de largo de Pascual y Trigueros, acabara en la bota de Alcaraz, que marcó a placer. Sin embargo, el VAR advirtió al árbitro de una posición adelantada de Pascual y Trigueros para que el colegiado decidiera acerca de su influencia o no en la jugada. Y Pérez anuló el tanto para conceder la enésima vida extra a un Zaragoza que cerró el primer acto con una gran oportunidad de Dani Gómez, que cabeceó fuera por poco un saque de falta bien botado por Moyano, la gran novedad en el once.

La segunda parte no cambió mucho el panorama. El Granada, más cómodo y mejor plantado, creaba peligro a balón parado a un Adrián que salía airoso de cada envío. Del Zaragoza apenas había noticias, sobre todo, porque Rober, el único que sabe qué hacer con un balón en los pies, estaba desaparecido.

Una segunda amarilla a Williams que el árbitro ignoró pudo cambiarlo todo, pero quizá no a un Zaragoza que es, de lejos, su peor enemigo. Incapaz de aprovechar la mala salida de balón del oponente ni de presionar decentemente, el equipo de Navarro, que volvió a tardar demasiado en mover el banquillo, derrochaba desconcierto y se encomendaba al saque de banda en largo de Francho, un recurso que ya utilizaba Sellés, como única arma. Inofensiva, claro.

El paso de los minutos incrementaba los nervios y reducía opciones. Cuenca, que salió junto a Mawuli y Guti a falta de veinte minutos, disparó centrado pero fue Francho el que desaprovechó la mejor ocasión al estrellar una contra en un rival. La falta de calidad de este Zaragoza es demencial, como quedó patente al final. El Granada, con diez por roja directa a Pascual en el 94, creyó perder en el 95 cuando Pinilla burló al meta y estrelló en el lateral de la red la última esperanza de un equipo que, en la jugada final, perdió el balón y propició una contra culminada por Sola. RIP.

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