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La opinión de Sergio Pérez

El colapso del Real Zaragoza de David Navarro y la incapacidad de una plantilla superada

Como a Gabi Fernández y a Rubén Sellés, a David Navarro también se le ha caído el equipo

David Navarro, en la banda del Ibercaja Estadio en el partido frente al Granada.

David Navarro, en la banda del Ibercaja Estadio en el partido frente al Granada. / JAIME GALINDO

Sergio Pérez

Sergio Pérez

Zaragoza

Un equipo no lleva casi ocho meses consecutivos en puestos de descenso, más de 200 días uno detrás de otro cayendo a plomo, de manera fortuita y únicamente accidental. Cuando algo así sucede, y al Real Zaragoza le ha ocurrido en esta nefasta temporada 2025-2026, es porque hay un conjunto de causas de enorme peso que han provocado un efecto continuo y continuado en la situación clasificatoria.

Primero fue la elección de Gabi Fernández como entrenador para la campaña con el límite salarial más alto de esta etapa de trece años en Segunda División. El error de los errores, el error matriz. Junto a ello, a la misma altura o similar, la configuración de una plantilla hecha al gusto del entrenador madrileño con unas cantidades muy importantes de dinero malgastadas en futbolistas que han dado un rendimiento bajísimo. Queda lejos, pero hoy hay que recordar que Paul Akouokou era la piedra filosofal de la configuración del equipo.

Esta ha sido la temporada del parece que sí, pero no. Parecía que podía ser un año al menos tranquilo el pasado verano y el equipo cayó pronto en un pozo sin fondo. Parecía que Rubén Sellés podía dotar de armas tácticas a sus jugadores para encontrar el camino y sacar la cabeza de la zona de descenso, pero fue que no. El mundo también se le vino abajo y terminó disparando balazos contra todo lo que se movía: sus jugadores, la afición y el club. Y parecía que David Navarro también había dado con la fórmula del éxito para reconstruir el Real Zaragoza de manera inmediata y ponerlo en la dirección adecuada para aspirar a la permanencia.

Larios y Mawuli se abrazan al final del partido tras la derrota contra el Granada.

Larios y Mawuli se abrazan al final del partido tras la derrota contra el Granada. / JAIME GALINDO

Así lo atestiguaron sus primeros resultados, con tres triunfos y una derrota. Victorias clave como la de Cádiz o meritorias y hechas y derechas como las conseguidas frente al Almería y el Racing en el Ibercaja Estadio. Parecía que sí, porque el Real Zaragoza además de triunfos había recuperado el juego, la seguridad defensiva, la capacidad para generar volumen en ataque, el gol y hasta la concordia con su afición, pero al final está siendo que no otra vez.

La última serie de Navarro en el banquillo es pésima: dos puntos de los últimos 18. En este tiempo, el entrenador aragonés lo ha perdido todo. Solo el mal hacer del Cádiz, el rival más caritativo de la historia (su empate todavía deja las puertas abiertas a un milagro aunque sea inesperado), ha mantenido con vida al equipo. Navarro ha perdido los buenos resultados, el fútbol, la fe, la energía, la consistencia y el gol. El trasfondo de todo ello es donde hay que escarbar para dar con el origen del problema: la incapacidad mental, futbolística y física de la plantilla. No está dando para más y menos en un contexto de extrema dificultad y presión.

Lo que sucedió este viernes en el Ibercaja Estadio, en un partido que podía ser frontera, una palanca hacia un mundo mejor en la peor temporada de la historia, fue una demostración de impotencia absoluta. Ganar era salir momentáneamente del descenso y añadir presión a los cuatro rivales por la salvación, la más sencilla en tiempo. El Real Zaragoza pareció un equipo incapaz, sin rasmia, sin fuerza competitiva y sin ningún atributo al que agarrarse. Solo a una casualidad muy improbable pero matemáticamente aún posible.

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