El Real Zaragoza más humillante de la historia: sin perdón
El equipo aragonés, con un pie fuera del fútbol profesional, acabará el curso con la menor puntuación global y el peor rendimiento como local con el actual sistema de tanteo

Los jugadores zaragocistas piden perdón a la afición a la conclusión del partido del viernes ante el Granada. / Jaime Galindo

La escena se repite cada dos semanas. Los jugadores del Real Zaragoza acuden, a la conclusión del partido, fieles a su cita con la afición para solicitar su perdón por la enésima ofensa. Allí, en Gol de Pie, la paciencia parece haber alcanzado su límite, según se pudo comprobar el pasado viernes, cuando muchos dejaron claro a los jugadores que ya no hacía falta que se acercaran más por ahí y que cualquier dolor de los pecados y propósito de enmienda quedan bajo sospecha ante la reiteración de la falta.
Siempre es lo mismo. Francho, el capitán, encabeza la procesión repleta de caras largas, manos en el pecho, palmadas al viento y alguna que otra lágrima. El ritual del funeral, tan habitual como desgarrador durante el curso, implora un perdón que el zaragocismo parece ya no estar dispuesto a conceder, como advirtió la tensa conversación entre la grada y algunos futbolistas y, sobre todo, la despedida, con lanzamiento de piedras incluido, al autocar del equipo a la salida del Ibercaja Estadio tras sumar ante el Granada la décima derrota de la temporada (entre Liga y Copa) en los veinte partidos disputados en casa.
Estamos, sin duda, ante el Zaragoza más humillante de la historia. Su más que probable salida del fútbol profesional subraya la dimensión de una tragedia que solo aplaza la paupérrima calidad de la categoría, a la altura de la de una plantilla sin nivel físico ni técnico para ganarse la vida en Segunda. Con apenas 35 puntos sumados en 38 jornadas y con 12 por delante hasta final de curso, el conjunto aragonés ya solo puede aspirar a acumular 47, si bien lograr el pleno en lo que queda de campaña se antoja una quimera. En todo caso, ese puntaje sería el más bajo desde que la victoria se contabiliza con tres puntos (a partir de la temporada 97-98). Desde entonces, la cifra más baja sumada por el Zaragoza en Segunda fueron los 50 con los que culminó las temporadas 2016-2017 y 2020-2021 y que le sirvieron para esquivar a última hora un descenso que también rozó en otras tres campañas en las que se libró por los pelos tras recaudar 51 unidades.
Ahora se quedará, pase lo que pase, lejos de aquellas cifras, lo que amenaza seriamente su continuidad en una categoría en la que nadie más lleva tantos años seguidos (13). De hecho, si el Zaragoza todavía sigue vivo es merced a la clemencia de los rivales y de la peor Segunda División en mucho tiempo. En condiciones normales, el cuadro aragonés llevaría varias semanas en Primera RFEF.
El Zaragoza, en cuyo buen vestuario (con gente que quiere y sufre pero no puede) la rasmia, salvo contadas excepciones, brilla por su ausencia, es, ahora mismo, el equipo más flojo de la categoría. Su carencia de calidad se mezcla en un cocktail venenoso con una falta de alma que adquiere su punto álgido en una insoportable incapacidad para acorralar al rival a base de rasmia y corazón, a falta de fútbol.
Y el drama se acentúa en casa, donde también será la peor temporada jamás contada. Si saca adelante, que es mucho decir, los dos últimos partidos que le restan por jugar en el Ibercaja Estadio (ante Sporting y Málaga), el Zaragoza sumará 24 pírricos puntos como local para batir un récord negativo establecido hasta ahora en los 27 de la campaña 23-24, entonces en La Romareda.
En el modular, que ha visto a su equipo perder la mitad de los partidos jugados como local, ese descorazonador recital de infamias y despropósitos alcanza su punto álgido. El Zaragoza,ya solo marca en casa de penalti o ante un rival con diez y colecciona espectacúlos tan dantescos como el ofrecido el viernes, con una última jugada de cárcel para abrochar un partido en el que los argumentos ofensivos fueron el balón largo desde los centrales o el saque de banda profundo de Francho ante la ausencia del único organizador de la plantilla capaz de generar algo de fútbol: Andrada, el portero. Un problemón que, unido a esa falta de calidad física que impide ganar duelos o acudir a la presión alta sostenida, y a los graves problemas estructurales de una plantilla sin capacidad de desborde en banda ni especialistas a balón parado o para poner centros laterales, convierten al actual Zaragoza en el más humillante de sus cerca de 100 años de historia.
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