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Váyanse todos y déjennos morir en paz: La contracrónica del Valladolid-Real Zaragoza

La eterna agonía del Zaragoza supone un sufrimiento tan insoportable como la indecente actitud de sus dirigentes y de algunos futbolistas

La afición zaragocista, desconsolada en la grada del Nuevo Zorrilla.

La afición zaragocista, desconsolada en la grada del Nuevo Zorrilla. / Carlos Gil-Roig

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Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Que se acabe ya, por favor. Cuanto antes. Que todo termine, sobre todo, un sufrimiento tan insoportable como aguantar que supuestos profesionales manchen un escudo y una camiseta que jamás en su vida imaginaron lucir. Que se haga la oscuridad de una vez y el dolor ceda al luto. Que las lágrimas abrasen el alma y el corazón, maltrechos ante tanto escarnio y maltrato. No llega nunca el final, que asoma y amaga pero se empeña en prolongar una agonía descarnada. Ya está bien. Basta ya. Por favor. Por clemencia. Por piedad. Porque esto hace mucho que no es vida.

Que sea pronto. Puede que en apenas unos días. Si el Zaragoza pierde, otra vez, el domingo ante el Sporting y el Cádiz gana en Castellón, su certificado de defunción quedará sellado para siempre para marcharse de cabeza a un infierno que se ha ganado a pulso a base de pecados mortales y una indecente existencia dedicada a amargar la vida a sus seres más queridos. En realidad, el Zaragoza murió hace tiempo. Solo queda el envoltorio de un equipo despojado de toda su grandeza y ultrajado por una directiva despreciable capaz de consentir que el Real Zaragoza muera sin hacer nada para salvarlo. Váyanse todos de una vez y déjennos en paz con nuestro dolor. Ustedes son los principales culpables de todo. Váyanse al infierno, único destino posible cuando se ha hecho tanto daño.

Se acaba el Zaragoza. O quizá asoma uno nuevo, más parecido al real. Al Real. Al de siempre. Al que hacía honor a ese león del que ahora se compadece toda España. No puede haber nada peor que eso. Bien lo debería saber Soberón. Cuatro minutos duró el delantero cántabro en el campo por una injustificable expulsión que lapidó las escasas opciones de que la Pilarica obrara el enésimo milagro.

Cierto es que el Zaragoza, que enlazó la tercera derrota seguida y el séptimo partido sin perder, no fue el peor del curso. Pero poco importa cuando el resultado fue el mismo de casi siempre porque este equipo vergonzoso y vergonzante no le mete un gol a nadie y acumula ofensas imperdonables en ambas áreas. Por eso, y porque es muy malo, merece morir, sí. De nada sirve que la ejecución acumule aplazamientos. Tampoco los amagos de indulto. El Zaragoza, en realidad, ya está muerto. Falleció cuando se puso en manos de personajes funestos a los que la suerte del equipo aragonés les importa en función de su cuenta corriente mientras rezan por que su nombre no ocupe mucho rato en los informativos.

Allá, al fondo de este eterno túnel, se ve una luz. Hacia ella se dirige el Zaragoza mientras por su mente pasan los momentos más relevantes de esa vida que le han arrebatado de forma vil, cobarde y perversa.

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