El Real Zaragoza, ese club abandonado: el palco de la vergüenza
Nadie da la cara en un club sin representantes de la propiedad y del consejo en un estadio en el que el director general Fernando López se ha quedado solo para acaparar la ira de una afición huérfana

Fernando López, director general del Real Zaragoza, solo en el palco del Ibercaja Estadio durante el partido del domingo ante el Sporting. / Miguel Angel Gracia

La imagen es el fiel reflejo de un club descompuesto y devastado. El palco del Ibercaja Estadio, el lugar destinado a mandatarios y directivos, se ha quedado casi vacío de representantes de la propiedad y del consejo de administración de un Real Zaragoza envuelto desde hace tiempo en una indecente sensación de orfandad. Ya solo queda Fernando López, el director general, para dar la cara ante una afición que no tiene más figuras a las que dirigir su ira. Todos los demás han huido, aunque algunos nunca estuvieron.
Es la viva imagen de la decadencia y el vacío de poder que lo preside todo en una entidad en la que el gobierno brilla por su ausencia. Nada se sabe del presidente, Jorge Mas, desde su última visita, hace más de ocho meses. Entonces, por cierto, ni siquiera se dirigió a una afición que acumula casi un año sin escuchar su voz salvo para hablar de Messi y de Donald Trump. "Vamos a rearmar el equipo para llegar al 'play off' y ascender", dijo a finales de la pasada temporada en su última proclama en público. Ni Mas ni menos. La frase adquiere ahora una especial dimensión, con el equipo virtualmente descendido a Primera RFEF y fuera del fútbol profesional.
Nada más se sabe de él desde entonces. No se le ha vuelto a ver el pelo al presidente salvo en los billetes falsos repartidos y arrojados por la afición durante el partido ante el Sporting. El silencio, el hermetismo y el oscurantismo presiden el Real Zaragoza mucho más que un mandatario que ni siquiera se dignó a aparecer, ni de forma telemática, por la última junta de accionistas en la que, por cierto, el consejero Juan Forcén, con mucho más voto que voz (tampoco habla salvo en aquellas reuniones con los aficionados que duraron bien poco) anunció la salida del consejero Emilio Cruz y la llegada en su lugar de Guzmán Pérez-Ayo para sorpresa de todos, incluida gran parte del club.
Este es el Real Zaragoza, un club desgobernado, desnortado y desnudo. Ni un solo mensaje institucional. Ni de los de allá ni de los de aquí. Nadie habla. Nunca es el momento. A nadie le da la gana dirigirse a una afición sumida en el peor momento de su vida deportiva y que, además de soportar la mayor vergüenza en la historia del club de su vida, no tiene a quién pedir explicaciones más allá de un director general al que todos han dejado vendido. En este sentido, el madrileño, cuyas horas en el Zaragoza apuntan a estar contadas, es el único que ha tenido la gallardía suficiente como para aguantar el tipo y no salir corriendo. Los demás, los que nunca hablaron, ahora ni siquiera están. O quizá nunca estuvieron.
Ese camino, el de la huida, fue el que siguió hace un tiempo Mariano Aguilar, seguramente el principal culpable de que el Zaragoza ya no sea el Zaragoza. El consejero dejó de acudir al palco cuando las cosas empezaban a oler a podrido y la gente empezó a reconocerlo. Hasta entonces, su figura era casi fantasmagórica. Ni una palabra en público ha dicho desde que llegó, hace cuatro años, en una estrategia seguida por tantos otros antes y ahora. Y solo se dejaba ver los días de partido. Primero venía de propio desde Madrid, hasta que dejó de hacerlo para escapar de la cólera de la grada, aunque acudía a los desplazamientos. Huyó, como lo hizo Txema Indias, el director deportivo que vio un partido desde el túnel de vestuarios por no acudir al palco, por la puerta de atrás bajo una extensa capa de cobardía.
Ese palco vacío de autoridades refleja el abandono al que ha quedado sometido un Zaragoza también despreciado por esos políticos que hacían cola para sonreír en la foto junto a ese señor millonario llegado desde Miami que lo iba a cambiar todo. Y en verdad que lo ha hecho. Pero a peor. Eso sí, la construcción de la nueva Romareda, esa que iba a pagar íntegramente la nueva propiedad pero que asumiremos todos a un coste cada vez mayor, sigue su curso mientras el Real Zaragoza se hunde en la miseria.
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