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Las claves del descenso del Real Zaragoza: la huida hacia delante acaba en el infierno

Anclado en el pasado, instalado en el error permanente, desprovisto de autocrítica y propósito de enmienda y masacrado por la negligencia de sus rectores, el Zaragoza murió hace tiempo

Los consejeros Forcén y Aguilar, en una junta de accionistas.

Los consejeros Forcén y Aguilar, en una junta de accionistas. / ANGEL DE CASTRO

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Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

Seguramente, el Real Zaragoza ha llegado a este punto porque nunca creyó que fuera posible. Esa especie de inconsciencia temeraria enraizada en la cúpula del club y extrapolada a una plantilla a la que se le llenó la boca aseverando que el Zaragoza se iba a salvar seguro, es la que ha acabado con un equipo masacrado desde dentro, donde la falta de autocrítica y de propósito de enmienda llevan demasiado tiempo conviviendo con la arrogancia, la soberbia y el olor a naftalina en cada esquina de un club en el que se acumula la suciedad sin que nadie pase una escoba.

Este es el Real Zaragoza, un club desgobernado e inmerso en un vacío de poder camuflado con el retorno de Lalo Arantegui, mucho más que un director deportivo en la actualidad. A él se han dado las llaves de la entidad, ni más ni menos. Hace, deshace y planifica ejerciendo también de director general y de otras tantas cosas, lo cual no deja de ser un peligro y un ejemplo de lo que no debe hacerse en un club en el que el reparto de funciones debe estar claramente definido. Casi tanto como el de responsabilidades.

La falta de autocrítica y de propósito de enmienda llevan demasiado tiempo conviviendo con la arrogancia, la soberbia y el olor a naftalina en cada esquina de un club en el que se acumula la suciedad sin que nadie pase una escoba

Se marcha el Zaragoza más allá del infierno porque ha malvivido durante años anclado en el pasado e instalado en el error, muchas veces de forma voluntaria sin intención alguna de corrección. Y esa desidia se ha trasladado al campo, donde rara vez se ha visto a un equipo. Generalmente, el Zaragoza ha sido un esperpento carente de liderazgo, fe y preso de una paupérrima calidad física y técnica que le han convertido en pasto de las llamas.

López, el consejero Juan Forcén y su amigo Pérez-Ayo, al que incorporó al club en la última junta en sustitución de Emilio Cruz.

López, el consejero Juan Forcén y su amigo Pérez-Ayo, al que incorporó al club en la última junta en sustitución de Emilio Cruz. / PABLO IBÁÑEZ

La elección de profesionales ha sido nefasta. Se apostó fuerte por esperar a Cordero y a Txema Indias, por los que se pagó mucho dinero a costa incluso de aplazar planificaciones y programaciones, un riesgo demasiado alto. Un peaje demasiado caro.

Pero nunca escarmentaron unos gestores cuya negligencia llegó hasta el punto de permitir a entrenadores (Gabi, Sellés) maltratar a canteranos a los que se dio puerta incluso recién renovados (Luna) para atender al capricho del técnico de turno (Gabi) aunque estuviera de paso y por el que ya se había renunciado a Liso para que el Getafe accediera a abrirle la puerta.

Tragó Indias con Gabi como había tragado Cordero con todo lo exigido por el Elche para acceder a un intercambio entre Marc Aguado y Guti porque al entonces director deportivo no le quedó más remedio que abrochar la operación al final del mercado para intentar calmar a una masa social que se volvió a quedar sin central, un mal recurrente a lo largo de los últimos mercados y al que también sucumbió Indias, que, si en verano se había cubierto de gloria, en invierno rizó el rizo con adquisiciones tan incomprensibles como la de un delantero fuera de forma (Agada) que llevaba cuatro meses parado.

Esa demostración de incapacidad y recital de inoperancia confirmaron el alto riesgo que corría un Zaragoza puesto en manos de profesionales que nunca soñaron con llegar tan alto. Entre ellos está Rubén Sellés, el elegido para reflotar una nave a la deriva y que la dejó hecha añicos tras acumular derrotas y decisiones tan indecentes (Pau Sans o Bazdar) como sus acusaciones hacia la afición, a la que llegó a exigir «un paso más» cuando el equipo aceleraba su caída al abismo.

Pecados capitales

Esa fallida elección de profesionales lleva lastrando al club desde hace años. Y alcanza a todos los niveles de una SAD a la que no le importó la inexperiencia de Fernando López para entregarle la dirección general o la pereza de Indias a la hora de fichar y de corregir lo fichado. O la bisoñez de Sellés. O el vacío de poder en una Ciudad Deportiva convertida en un solar. O esa desesperante insistencia en cerrar los ojos para no ver hasta que la cólera de la grada obliga a tomar decisiones. Nunca antes. Nunca a tiempo.

Jamás había caído tan bajo el Zaragoza, expuesto a una desnudez nunca vista y puesta de manifiesto en el vacío de un palco al que ya no acude casi nadie. Sin presidente, ni representantes de la propiedad, ni consejeros ni directivos, solo Fernando López soporta con cierta dignidad la ira de una afición a la que se le vendió de todo y no se le han dado más que disgustos.

López, Gabi e Indias, en la presentación oficial del técnico.

López, Gabi e Indias, en la presentación oficial del técnico. / Jaime Galindo.

Llora el zaragocismo avergonzado del presente, nostálgico del pasado y temeroso de un futuro envuelto en incertidumbre. Pero nadie le pide disculpas más allá de las insustanciales presentadas al término de cada infamia semanal por la peor plantilla que verán sus ojos mientras trata de consolarse pensando que, por mucho miedo que dé la Primera RFEF, jamás volverá a sufrir tanto como ahora. Al menos, su equipo del alma ganará algún partido que otro, se supone.

El Zaragoza se marcha, en definitiva, porque ha hecho todo lo posible para hacerlo. Como equipo y como club. Porque uno es la viva (o muerta) imagen del otro. Porque nunca hubo nadie al volante y todos afrontaron la catástrofe que se avecinaba mirando hacia otro lado y silbando. Es lo que tiene rendir tributo al desapego y sacrificar la identidad y el sentimiento de pertenencia para arrojarse en brazos de la mediocridad y el caos. Y ahora toca pagar. Pero la mayor parte la asumirá, como siempre, el que no tiene culpa de nada. Los máximos responsables saldrán, en muchos casos, indemnes. Unos seguirán porque nadie les echará, otros se irán más por interés que por vergüenza torera y alguno seguirá en la sombra haciendo sin hacer y estando sin estar. Pero ninguno de ellos sufrirá tanto como la grada, esa a la que le han arrebatado todo. Incluso el embrujo de su vieja Romareda, que ganaba partidos y a la que llora más que nunca. Cuatro míseros encuentros ha ganado el Zaragoza en el Ibercaja Estadio, ese recinto modular concebido para ser una estación de paso y que ya forma parte de la crónica más negra de la historia de este club señor y noble al que entre todos mataron.

Porque solo la afición escapa del reparto de responsabilidades de esta crónica de una muerte anunciada. Venía avisando el Zaragoza a través de una incesante involución clasificatoria que le había llevado a salvarse por los pelos en cada una de las campañas posteriores a la pandemia. Pero, lejos de escarmentar, las cosas se hicieron aún peor, para variar. El desastre en la concepción, gestión y desarrollo de la temporada alcanza tal magnitud que manda al garete aquellas teorías de antaño que asociaban el fracaso a la falta de liquidez. Y es que el Real Zaragoza se hunde en el abismo con el séptimo límite salarial más alto de la categoría y el más elevado desde que dio con sus huesos en Segunda. El derroche ha sido colosal en torno a la peor plantilla y, dicho está, con menos calidad física y técnica que se ha visto por aquí.

Solo dinero

En realidad, el dinero nunca ha sido un problema desde que la nueva propiedad tomó las riendas de un club al que prometió devolver a la élite nacional y continental en un breve espacio de tiempo. Al contrario, el conglomerado empresarial que mueve los hilos ha llevado al Zaragoza al peor escenario imaginable. Es tan cierto que los propietarios han aportado más de 60 millones de euros desde que llegaron y que la deuda neta se ha situado por primera vez por debajo de los 40 como que su gestión deportiva, presidida por la dejadez, la negligencia y, lo que es peor, la reiteración de ambas, ha arrojado a los leones a una entidad que jamás debería estar como está.

Solo la afición escapa del reparto de responsabilidades de esta crónica de una muerte anunciada

Quizá la construcción de la nueva Romareda, el gran objeto de deseo de la propiedad, tenga carácter alegórico para referirse también a esa regeneración de un club que nunca cayó tan bajo. Toca fondo el Zaragoza para marcharse del fútbol profesional por la puerta de atrás y dejando una estela marcada por la vergüenza en la que emergen episodios dantescos como la salvaje agresión de Andrada en Huesca o el puñetazo de Paul a la pantalla del VAR, entre muchos otros.

Los seis fichajes del mercado de invierno de Txema Indias.

Los seis fichajes del mercado de invierno de Txema Indias. / PABLO IBÁÑEZ

En realidad, todo el curso ha sido un esperpento que define la peor temporada en la historia de un club en cuyo escudo ya no caben más manchas. Falta arraigo, identidad, corazón y alma en una entidad a la que cada vez quiere venir menos gente. Ya lo dijo Gabi, después de coger el dinero y salir sonriente por la puerta tras el letal compadreo con Indias (que al igual que luego Sellés se marchó sin despedirse), en la confección de una plantilla infame. No escapa Navarro del reparto de responsabilidades de esta tragedia, pero su porcentaje nada tiene que ver con el de otros. Entre todos lo mataron y él solo se murió.

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