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La opinión de Sergio Pérez

La figura suprema de Lalo Arantegui y la primera piedra de un nuevo gran Real Zaragoza

El descenso es un gran fracaso. Pero el club debe usarlo como una oportunidad y de catapulta para el futuro. Dinero ha habido y habrá

Lalo Arantegui, en el estadio de Gran Canaria después de que se consumara el descenso a Primera RFEF.

Lalo Arantegui, en el estadio de Gran Canaria después de que se consumara el descenso a Primera RFEF. / MAURICIO DEL POZO

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Sergio Pérez

Sergio Pérez

Zaragoza

El 24 de mayo de 2026, este pasado domingo, que todavía está reciente y la herida muy abierta, el Real Zaragoza escribió el capítulo más decepcionante y traumático de su brillante historia. En Las Palmas, el equipo aragonés firmó el epílogo más triste de la temporada más triste. Allí confirmó el descenso a Primera RFEF, la tercera categoría del fútbol español, en la que no militaba desde hace 80 años.

Estamos delante de un drama deportivo de extraordinario alcance, con repercusiones económicas, sociales y emocionales, y que quedará registrado en los libros de historia como tal. Igual que en otros tiempos el Real Zaragoza protagonizó momentos gloriosos y de absoluta felicidad, esta vez ha sido justo lo contrario. En Gran Canaria dio otro incomprensible y gigantesco paso atrás después de trece temporadas consecutivas en Segunda, en las que el equipo ha sido incapaz de regresar a Primera. Antes de este momento tan doloroso había coqueteado con el descenso en varias ocasiones.

La situación ya no tiene vuelta atrás. Este es el nuevo escenario en el que el Real Zaragoza tendrá que hacer su vida: la Primera RFEF, lejos de los mejores. Es un fracaso deportivo sin excusas ni justificación alguna. La SAD ha dilapidado en un año su mayor límite salarial de esta etapa en Segunda (12,8 millones de euros después del mercado de invierno).

Fernando López se abraza con Juan Casáñez, director de comunicación del Real Zaragoza.

Fernando López se abraza con Juan Casáñez, director de comunicación del Real Zaragoza. / MAURICIO DEL POZO

La dimensión de la catástrofe deportiva es insólita. Sin embargo, toda vez que ya no tiene remedio, el Real Zaragoza debe afrontarla como una oportunidad para regenerar todo lo que tenga que regenerar, para reconstruir todo lo que tenga que reconstruir, para limpiar todo lo que tenga que limpiar, para actualizar todo lo que tenga desactualizado, para corregir y enmendar todos los errores cometidos y para cambiar de nombres, caras y dirigentes. También para hacer una profunda autocrítica, abandonar de una vez la complacencia y empezar una nueva era.

El club está ante una penitencia obligada, pero que puede usar como terapia y catapulta pensando el medio y largo plazo. Para comenzar a sembrar y recoger. Dinero ha habido y habrá. Hasta ahora no ha servido para nada, para malgastarlo. Pero disponer de capital económico es una gran ventaja. La plantilla ha de cambiar de arriba abajo: hay que llenarla de jugadores ganadores y mandar a sus casas a casi todos los perdedores que la han integrado esta temporada. El equipo también ha de recuperar hábitos después de una Liga en la que las derrotas han sido el pan nuestro de cada día. Ha de encontrar el camino de las victorias y convertirlas en una costumbre, no en una anomalía.

El descenso ha sido un golpe muy duro, pero ya es inevitable. Ahora, la SAD ha de utilizarlo como una oportunidad, dura y desoladora pero oportunidad al fin y al cabo. Seguir bañándose en la extemporánea satisfacción de los no sé cuántos millones, en que el negocio de la Nueva Romareda está a la vuelta de la esquina y en continuar sin entender qué ha sucedido y por qué, será un error de grandes dimensiones. Lalo va a tener plenos poderes. Será una figura suprema. El guía en esta travesía por este desierto. En Primera RFEF al Real Zaragoza no le valdrá otra cosa que el retorno a Segunda en una sola temporada.

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