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Desidia y abandono en la Ciudad Deportiva del Real Zaragoza: la academia de la vergüenza

Los cristales rotos, la suciedad, las goteras y la dejadez de las instalaciones del Real Zaragoza reflejan a la perfección la decrepitud y la decadencia de un club que presume de liquidez hundido en la miseria

La Ciudad Deportiva del Real Zaragoza, la academia de la vergüenza

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Jorge Oto

Jorge Oto

Zaragoza

«La cantera es el alma del Real Zaragoza. El sueño de llegar a ser futbolista del Real Zaragoza comienza a forjarse en la Ciudad Deportiva, donde muchos de los jugadores que han llegado a jugar con el primer equipo dan sus primeros pasos como futbolistas y crecen como personas». Así comienza la referencia del Real Zaragoza a su Ciudad Deportiva que figura en su web. Una fábrica de sueños, un lugar de ilusión y esperanza, esa «academia, base del proyecto», a la que se refería el presidente Jorge Mas en sus primeras comparecencias públicas, y protagonista principal del proyecto Zaragoza 2027, origen de un plan director destinado a una próxima reforma integral de las instalaciones.

Pero todas aquellas promesas resuenan en el vacío de una Ciudad Deportiva que ilustra a la perfección la desidia, el abandono y la dejadez que lo envuelven todo en el Real Zaragoza, apartado del fútbol profesional por primera vez en más de 80 años. El recinto deportivo, construido hace más de medio siglo (1974) y sede de los entrenamientos del primer equipo, del filial y de todas las categorías base del club, permanece casi igual que entonces.

Sin apenas reformas en unas instalaciones en las que se acumulan las goteras, los amasijos de hierros, los hierbajos y la decrepitud, el desamparo afecta a prácticamente todas las zonas, si bien alcanza su punto más álgido en el área social, la más cercana a la entrada a unas instalaciones donde los problemas surgen ya en los accesos, tanto por delante como por detrás, muy lejos de ser los adecuados, llenos de baches y convertidos en una peligrosa trampa cuando llueve.

Dentro, la Ciudad Deportiva es un escenario indigno ya no de un club profesional, sino de cualquier entidad seria. En esa área social en la que se instalan las piscinas, el restaurante, el frontón, las pistas de tenis o la zona infantil, hace décadas que lo único que crece es la mala hierba. Ya no entran máquinas. Todo es viejo o está roto. O ambas cosas.

El agua verde estancada en la piscina, manchas amarillas de óxido, cristales rotos y una brutal sensación de abandono e inseguridad lo inundan todo. Como la provocada por esos árboles caídos (que llevaban tiempo inclinados sin que nadie hiciera nada al respecto) que no provocaron daños de milagro. O las grandes goteras en zonas de vestuarios, en el gimnasio para las categorías base o el comedor, donde los trabajadores, que no dan abasto, son lo único decente.

Aquellos maravillosos años

Porque aquel salón en el que los abuelos del exfutbolista Ángel Lafita derrochaban calidez, amabilidad y zaragocismo, ahora solo permanece en pie gracias a la dedicación, el esfuerzo y la dignidad de los empleados. Escenario de almuerzos del primer equipo y donde el nuevo entrenador, Ibai Gómez, y el director deportivo, Lalo Arantegui, diseñaron el martes los primeros trazos del futuro equipo, ese edificio en el que las hierbas llegan casi a la puerta sufre problemas con la climatización y las filtraciones de agua procedentes de desperfectos en el techo. Goteras que se extienden por todo el recinto de la carretera de Valencia.

Cristales sin arreglar desde hace muchos años, falsos techos caídos en salas cerradas que bien pudieron ocasionar alguna desgracia o material de entrenamiento (porterías) en mal estado subrayan el inaceptable estado de unas instalaciones sin agua caliente en algún vestuario y en la que los padres deben esperar a sus hijos en el parking ante la falta de un habitáculo destinado para ellos, obligados a trasladar a sus hijos a la Ciudad Deportiva en sus vehículos ante la falta, desde hace tiempo, de autocares destinados a ello.

«Hay ladrillos rotos desde hace 40 años que siguen ahí», resume uno de los trabajadores que han ejercido en la Ciudad Deportiva en los últimos años. Durante más de medio siglo, las mejoras apenas han alcanzado a la construcción de un campo adicional o la del gimnasio en el campo donde actualmente trabaja el primer equipo, completado con un habitáculo destinado al entrenador. Allí, poco más que un par de sillas, una pizarra y una tele visten un despacho prefabricado que, en todo caso, cumple con su misión, algo excepcional en un recinto en condiciones precarias y en cuyas oficinas, que albergan los despachos de la dirección deportiva y su secretaría técnica, es habitual ver cubos para recoger el agua procedente de las goteras.

Escudado en una promesa en forma de reforma integral y de plan director que nunca llegan, el club prescindió el curso pasado, tras no llegar a un acuerdo, de la empresa de mantenimiento en la que tenía externalizado el servicio y a la que el Zaragoza, según fuentes consultadas, daba orden de pedir permiso antes de poner un tornillo y a la que se impuso trabajar solo hasta las tres de la tarde para no pagar horas extras.

Allí, en esa Ciudad Deportiva presa del abandono y la desidia, trabajan algunos de los empleados a los que hace años se les aplicó un erte y a los que cada vez se les piden más funciones, más horas y menos descanso. En los próximos días, el club los reunirá, previsiblemente, para anunciar recortes y quizá un nuevo expediente de regulación de empleo apenas unos meses después de haber incorporado vía Linkedin a nuevos directores, entre ellos, uno de infraestructuras hace ahora un año. Allí, donde se caen los árboles y los techos, el Real Zaragoza traslada al exterior la viva imagen de lo que es: un club a la deriva.

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