Hasta pronto, hasta nunca: La crónica del Real Zaragoza-Málaga (0-2)
El peor Zaragoza de la historia lleva hasta el final su indecencia y se despide del fútbol profesional sin oponer resistencia a un Málaga que rechazó bailar sobre su tumba

Keidi Bare se tapa la cara con la camiseta junto a Pomares y Kodro al final del encuentro. / Jaime Galindo

La despedida fue perfecta. Sin orgullo ni rasmia. Ni rastro de nobleza o valor. Un adiós indecente e indigno de un equipo indecente e indigno. No podía ser de otro modo. Sin marcar y casi sin tirar a puerta. Sin alma, corazón ni entrañas. Por no haber, no hubo ni lágrimas. Ya no quedaban en unos ojos tan vacíos como un palco en el que casi todos han desertado. También en el campo, escenario donde el peor Real Zaragoza de la historia se ha marchado del fútbol profesional como colista. Así debía ser. El fútbol es justo, sobre todo, en el castigo, lo que ha sido este equipo infame incapaz siquiera de derrochar algo de amor propio ante una afición a la que le ha acribillado a puñaladas en el corazón.
El último baile solo se diferenció del resto en que se produjo bajo los acordes de una marcha fúnebre y ante la peor entrada en el Ibercaja Estadio, donde casi se dieron cita más aficionados del Málaga que zaragocistas. Los que tuvieron el valor de acudir lo hicieron para mostrar su enfado, exigir cabezas y pregonar a los cuatro vientos que jamás perdonarán esto. Sus gritos, en todo caso, se toparon con los oídos sordos de un club que, de nuevo, tuvo las santas narices y la poca vergüenza de dejar solo a Fernando López para recibir el justo reproche de la gente.
Algo más abajo, en el césped, también reinaba el vacío. El de un equipo al que no le da ni para ser digno, con menos fútbol aún que físico y con unos jugadores a los que la camiseta les viene tan grande como el escudo. Sin duda, lo mejor de todo es que este cuento se ha acabado y que prácticamente todos ellos desaparecerán de una vez para siempre.
El Málaga encaró el duelo consciente de que tenía enfrente una presa fácil. El mayor peligro de los andaluces era, de hecho, el exceso de confianza y, por eso, se lanzó a la yugular. Al primer cuarto de hora, Adrián ya había salvado dos goles. Uno a Dotor a los cuatro minutos y otro a Larrubia. Solo el meta y Juan Sebastián, notable en su puesto, negaban la desgana general de un equipo, otra vez, indecente.
Larrubia, un futbolista mayúsculo, volvía a rozar el tanto con un disparo envenenado, tras combinar con Chupe, que salió lamiendo el palo derecho del marco blanquillo apenas un par de minutos antes de que el propio Chupe mandase fuera por poco otro disparo franco.
El Zaragoza, tan inofensivo como desustanciado, no reaccionaba ni siquiera por amor propio. De hecho, otro grave error de Saidu estuvo a punto de ser aprovechado por Joaquín, pero la galopada del extremo acabó con un tiro flojo .
Pero la insistencia visitante tuvo la merecida recompensa apenas rebasada la primera media hora, cuando la colosal blandura de Larios, desastroso desde que llegó, propiciaba la enésima internada de Larrubia, al que Adrián negó el gol con un despeje demasiado centrado que acabó en la bota derecha de Chupe, que marcó a placer para que el humor negro en forma de sarcasmo, ironía y olés se apoderara del resto de ese partido que nunca lo fue.
Porque la diferencia era abismal. El Málaga, un equipo de fútbol como Dios manda, aplastaba a un engendro al que siempre tuvo bajo el pie. De hecho, el cuadro andaluz se negó a bailar sobre la tumba de un oponente al que, si hubiera tenido que endosar una docena de tantos, lo habría hecho sin excesivos problemas.
Dicho está. La despedida fue como tenía que ser: obscena y deshonesta. También a la hora de reflejar una de las grandes deficiencias de este Zaragoza impostor y traidor: una extraordinaria falta de calidad física encarnada de nuevo en Radovanovic, cuya enésima lesión le llevó a abandonar el partido poco antes del descanso, cuando Adrián también se quedó en la ducha para dar la alternativa a Obón.
El hedor era insoportable. Casi tanto como un Zaragoza a merced de un Málaga cuya falta de puntería le privaba de una goleada de escándalo. Chupe culminaba mal un gran centro de Dotor y Niño estrellaba en Obón un disparo cruzado poco antes de que Rafita no ajustara bien un disparo desde la frontal.
Mediada la segunda parte, el Zaragoza, o lo que fuera eso, ya había hecho los cinco cambios. Dani Gómez, despedido con una pitada considerable, fue el último en salir apenas diez minutos antes de que Chupe sentenciara el marcador (que no el partido) al transformar un claro penalti de Saidu a Niño que el arbitro concedió a instancias del VAR.
El camino hasta el pitido final fue eterno, como el martirio al que el Zaragoza ha sometido a su gente, a la que apenas dedicó un tiro a puerta para dejarla el sabor de boca más amargo posible. Fue de Tasende, en una falta directa desbaratada por Herrero casi silbando. Así se fue el Zaragoza del fútbol profesional. Con la misma desvergüenza de siempre. Ojalá sea un hasta pronto. Debe ser un hasta nunca.
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