En los durísimos 28 años que lleva trabajando como marinero de alta mar, Manuel Ferrari sólo ha pasado 30 días de cada seis meses en su casa. Agotado y cansado de estar tanto tiempo alejado de su mujer y sus dos hijos, había decidido quedarse a trabajar para siempre en Cangas do Morrazo, enrolado en el barco de bajura de su cuñado. Pero el Prestige ahogó su sueño y el próximo día 2 partirá hacia las Malvinas a pescar calamar. Estará cinco meses sin avistar tierra.

"La vida en alta mar es durísima. Nunca dejaré que mi hijo trabaje en un barco. Ya se ha sufrido bastante en esta casa", asegura este hombre de 44 años al que sus ojos robaron al mar un intenso color azul. A Emilia, su mujer, le cuesta hablar y contener la emoción de la que pronto volverá a estar sola: "Estoy cansada. Cada vez me cuesta más. Nos habíamos hecho a la idea de que en esta casa se habían acabado las despedidas. Y, ahora, otra vez a tirar sola del carro".

Su sueldo en alta mar no superará las 250.000 pesetas mensuales. Si hubiera tenido oportunidad de cobrar las ayudas oficiales, se habría quedado en Cangas. Pero, cuando el Prestige se hundió, Ferrari sólo había cotizado dos semanas como marinero de bajura. No tiene derecho a la indemnización.

Llamadas cada 20 días

"En cuanto termine, me quedo en casa", promete. Desde las Malvinas llamará por teléfono una vez cada 20 días. De momento, cada día baja al muelle para capturar chapapote. Aún recuerda el no muy lejano día en que un golpe de mar le hizo caer sobre la cresta de una ola que lo arrastró 27 metros sobre la cubierta del barco: "Creí que moría ahogado". Ahora sólo desea que llegue el día de poder descansar y maldice al Prestige por separarlo de su familia.