Cuando Hormigón , un toro de 570 kilos de la ganadería Cebada Gago, entró en la plaza con un pañuelo rojo enganchado a su pitón, los pacientes espectadores del coso navarro --hasta dos horas de espera-- sabían que algo no iba bien. Pamplona, que ayer recordaba la tragedia sucedida hace 25 años, con la muerte de Germán Rodríguez por disparo de un supuesto policía, intuía que la muerte rondaba de nuevo la fiesta. Todo quedó en cuatro heridos graves, tres por asta de toro, los tres foráneos. Dos estadounidenses y un australiano se salvaron de incrementar la lista de 13 muertos en la historia del encierro porque, como dicen aquí, el santo sacó su capotillo.

Desde la salida de los corrales, los cebadas ya advirtieron de que su casta era la misma de otros antecesores suyos, especialistas en sembrar el pánico por las calles de la capital pamplonesa durante los Sanfermines. Derrotes continuos de salida y atropellos espeluznantes fueron la tarjeta de presentación.

EL RIESGO DEL ANIMAL SUELTO Pero cuando dos de ellos, Hormigón y Jugue-Plaza , perdieron la vertical cualquier aficionado daba por seguro que aquello podía acabar mal. No es la manada lo que asusta, sino la dispersión, el toro suelto. Estos dos morlacos ya no alcanzarían a sus compañeros, ni siquiera con los derrapes que protagonizaron en la conocida curva de la Estafeta.

Esta calle es larga, estrecha y no tiene vallado, es un tramo --como todos-- para especialistas del encierro. Ayer, además de un número excesivo de corredores, los había inexpertos e imprudentes. Dallas Hitchcock, de 27 años, estadounidense, se situó demasiado cerca y por detrás junto a un toro solitario y bravo, y cuando éste lo miró, quedó hipnotizado. Herido por asta en el brazo, tuvo suerte de que Jugue-Plaza resbalara cuando estaba a punto de ejecutar las embestidas más peligrosas.

En el callejón, el australiano Nicholas Headlam, de 29 años, tenía el vallado a su disposición, pero algunos olvidan que el encierro, por mucha lírica que se quiera, no es juego. Y el toro va a lo suyo. Fue alcanzado en el tórax.

Quedaba lo peor. Justo antes de entrar a la plaza, en el angosto paso donde antes se formaban los temidos montones humanos, Hormigón vio presa fácil en el inexperto norteamericano Al Gleen Chesson, de 57 años. En un punto donde sólo la experiencia aconseja alcanzar el ruedo o en caso de peligro echarse al suelo sin mover ni el pensamiento, Chesson recibió tres cornadas en el muslo y en la ingle. Fueron treinta segundos de tragedia televisada.

CORREDOR EXPERIMENTADO El cuarto herido fue un pamplonés de 62 años, Fermín Etxeberria, hospitalizado en estado grave por sufrir traumatismo craneal, al golpearse contra el suelo. Es éste un corredor experimentado y su edad puede llevar a equívocos ya que se trata de una persona que se cuida y se prepara todo el año para correr el encierro.

Hoy es más que probable que descienda el número de corredores. Suele ocurrir cuando la muerte ronda los uniformes blancos con pañuelo rojo al cuello.