La caminata nocturna por el desierto no resulta tan agotadora como el indocumentado había temido. "¿Prefieres de espalda mojada por el río? Ahora está bravo y ancho, crecido con tanta lluvia", le advirtieron. Luis Santiago, el pollero o traficante de ilegales que lo acompaña, conoce tan a fondo el terreno que incluso le hace ver las formas de las lomas o los cactus. Esto debe ser cerca ya del "otro lado", piensa jadeando el sin papeles en un descanso. Después, el pollero le venda los ojos para "cruzar un lugar sagrado". Luis habla de la princesa Tzindejéh, que vivió 119 años gracias a las aguas de una gruta no lejana. Tras cinco horas de marcha, la sed se agudiza al imaginar un oasis.

El pollero es de una aldea llamada El Alberto, diezmada por la pobreza y la huida al norte. Solo la princesa une a los transterrados. Cuando ya andan buscando a Tzindejéh entre las estrellas, caen de repente luces policíacas, linternas, armas. Hay que echar a correr.

Al menos, el guía no se esfuma. La patrulla fronteriza, los cazailegales, los minutemen y hasta la policía mexicana. Todos serían agua de rosas en comparación con el desierto helado, las serpientes de cascabel, la sed o el achicharre del día siguiente. "¡Corre, güey, corre!", grita Luis Santiago. Les sigue una tropa con un fragor delirante. Hay que arrastrarse, serpentear por un maizal sin mover una hoja.

"¡Al túnel, al túnel!". El pollero lo baja de un tirón hacia el agujero oscuro, a tientas avanza tropezando por un alcantarillado hasta ver una luz. Debe ser la de la esperanza que alienta a los emigrantes. Corre sin resuello la recta final. Una manaza lo ayuda a subir, otra lo alza por el pescuezo hacia la luz, y un mastodonte uniformado le escupe en spanglish: "Bienvenido a los Estados Unidos, cabrón".

Aún se escapará e intentará cruzar el río. Afortunadamente, ha pagado sus 12 euros y después podrá irse a dormir, pasear en barca o en busca de la cueva de baños de la princesa Tzindejéh. Incluso regresar a la acogedora capital. Porque Eco Alberto está en el estado de Hidalgo, a dos horas en coche del Distrito Federal. Y la caminata nocturna es uno más de sus recorridos turísticos, con una tramoya de 72 aldeanos en el cruce de la frontera.

Sufrimiento en grupo

Pero el juego es serio: "No te puedes rajar". Aclaran incluso que "no se trata de un entrenamiento, sino de un homenaje a los emigrantes". Buena parte de quienes vienen en grupo a sufrir sus rigores son extranjeros, del norte y el sur de América y de Europa.

Luis Santiago y sus convecinos lo tienen claro: "Es lo que nosotros sufrimos, pero ayuda a vencer el miedo. Es un recorrido espiritual y corporal al que cada uno tiene que añadirle el mental. Y en algo hay que trabajar para no tener que volver a vivir esa experiencia y frenar la emigración".