La Gran Muralla resistió firme a siglos de acometidas mongolas y hoy amenaza ruina, tras dos décadas de turismo.

China ha dictado una ley para proteger a una de las siete maravillas del Mundo, que además es su mayor símbolo y patrimonio de la humanidad. A partir del mes de diciembre estarán prohibidos los graffitis, grabar nombres en las piedras, robarlas, conducir o plantar árboles.

Las multas son altas: entre 1.000 y 5.000 euros para personas y hasta 50.000 para empresas. China quiere que la muralla esté perfecta en los Juegos Olímpicos del 2008, pero no limitará los diez millones de visitantes anuales que soporta.

La gran mayoría visita el tramo de Badaling, a apenas una hora en autobús de Pekín, salpicado de aparcamientos, atracciones de feria y tiendas de recuerdos. Son evidentes los estragos del turismo de alpargata. Cuesta encontrar una piedra sin un nombre grabado. Tampoco son raras las barbacoas. En otros tramos, los lugareños clavan escaleras de metal en la estructura milenaria para que escalen los turistas o les venden piedras a tres dólares con su nombre grabado.

Robo de piedras

Pero su estado no es mejor en la China interior. "Se derrumba por el deterioro natural y las calamidades humanas", asegura Dong Yaohui, que dirige la sociedad que vela por el monumento. La dinastía Qing mandó construir las primeras murallas en el siglo III antes de Cristo para defenderse de los nómadas del norte. Durante siglos se fueron uniendo tramos hasta que la dinastía Ming (1368-1644) le dio la forma actual, que supera los 6.000 kilómetros. Dong Yaohui asegura que el 20 % aguanta intacta, la tercera parte está en ruinas y el resto ha desaparecido.

La muralla discurre por la China rural, donde muchos campesinos ni siquiera saben lo que es. Muchos se llevan las piedras para construir sus casas o corrales. Un tramo de un kilómetro desapareció en un año por el pillaje de los vecinos.

La ley prohíbe las actividades organizadas en tramos cerrados al público. Es la cláusula antiraves. Muchos creen que la ley nace en el reportaje del diario China Daily del año pasado, cuyos ecos perduran. En él se describía la última gran fiesta como una bacanal con extranjeros borrachos, drogados e irrespetuosos con la historia.

Español orinando

Salvajes orgías destrozan la muralla, era el titular. Incluía la foto de un extranjero, español en concreto, orinando en la pared. En la mañana siguiente se mezclaban las botellas vacías, la basura y el olor a orines. El reportaje indignó a los defensores de los símbolos históricos y, más ampliamente, a los del sentido común. "¿Cuánto tiempo más tenemos que soportar que humillen nuestra Gran Muralla?", preguntaba un internauta.

Una participante española apoya la ley. "Era una bestialidad. Había lavabos desmontables, pero nadie los usaba. Yo me iba al campo a mear". También denuncia la hipocresía del diario: "La mayoría eran chinos". La fiesta contaba con autorización. Detrás del problema está el dinero. La rave se celebró en el tramo de Jinliangshan, cuya gestión por 50 años se adjudicó una empresa tras pagar 600.000 euros en 1997. La del año pasado fue la octava edición de una fiesta que había ganado fama internacional.

La nueva ley prohibirá las fiestas raves y otros espectáculos. El monumento ha sido escenario recurrente de actos variados: un joven estadounidense la saltó en monopatín antes de que el mago David Copperfield la atravesara o Citroën filmara su publicidad del modelo AX.